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viernes, 13 de noviembre de 2015

3ª Jornada/IX año: Miércoles, 28 de octubre de 2015

Vicente Gómez Martínez Espinel
(Ronda, Málaga, 28 de diciembre de 1550 -
Madrid, 4 de febrero de 1624)


ESPINELAS (ALGO DEFECTUOSAS)
SOBRE PARTE DE LO ACONTECIDO
AQUELLA TARDE EN LOS SOTANOS
DE UN BAR DE ALONSO MARTINEZ
UN MIÉRCOLES DE UN OTOÑO DE MADRID



Esta tarde diferente
que se sabe siempre igual
hoy les llega tarde y mal
con un verso ineficiente:
discúlpenme si estridente
suena el ripio caprichoso,
pues ahora licencioso
            cambio la medida
            ya que parecida
no será tan bochornoso.



ACTO I

Y es con María Juristo
con quien la tertulia empieza,
versos llenos de crudeza
y más luz de lo previsto:
su poema grita “existo”,
de la tierra va saliendo,
por esquinas conteniendo
            -casi adormecida-
            esa luz perdida
que en sus versos vamos viendo:


I

En mi interior crece una luz
dormida en los lagos de la noche,
arañada por aullidos de perros al amanecer,
antes de que la tierra de abra
y se escuche el crujido de sus huesos.

Como un olvido de luz en la retama,
apenas escondida,
crece una luz en mi interior
que se empeña en brotar
asomada al bosque de tus dedos.

II

Venir a esta día de luz
de fugaces grumos al sol,
huyendo por esquinas.

Venir a tí, de hambre mía
con dedos en la seda

Si fuera posible una sílaba
colgando de mi lengua,
para decirlo todo en todo comprendido.

Ven, escúpela,
que entre en mis venas tu saliva,
bajo el canto de las aves.



ACTO II

Y continuamos ahora
con Juan Antonio, que lleva
un poema que casi eleva
una antigua voz sonora.
Palabras que han sido espora
entre la zona fantasma,
hecho que nos entusiasma
            por si respondiera
            a quien se lo diera
-aunque sea su ectoplasma-.


INQUISIDORES

A Javier Marías, e inspirado en un artículo suyo
escrito en su columna La zona fantasma, del periódico
 El País. Poema que además le ha sido enviado.

Se dominan las máquinas sin fuego
con otras explosiones ordenadas
por gallos, con ideas desdichadas,
que son inquisidores, desde luego.

Hay muchos tan felices con su ego
dispuestos con espaldas encarnadas
a recibir muy prestos dentelladas,
topos para seguir el mismo juego.

Excavemos el habla, creativos.
Si la naturaleza nos da vidas
amemos de verdad sin ser furtivos.

Infantes del presente sin heridas
por fin se negarán a ser cautivos,
riveras diferentes, pero unidas.


ACTO III

Nos habla ahora Yocasta
en la voz de Amelia Peco,
que es su palabra y que es su eco,
y con su dolor contrasta:
ella se sonríe y basta,
y Yocasta sufre horrores.
Pero calman sus dolores
            porque se suaviza
            -y casi inmoviliza-
su historia, sus sinsabores.


I

No estuve atenta,
otros fueron
según ahora me digo
las palabras y gestos
que debí pronunciar

II

Quizá
tan sólo fue la falta
del padre que no estuvo,
y te agarraste ansioso a lo que había:
la madre.

III

No sé,
también estaba herida
y me dejé en la noche.
Estuve sola,
desamparada,
sola.
Nadie escuchó mi grito
ni acudió a la llamada de socorro.
Sola,
sin saber protegerte
porque yo misma estaba
desprotegida, y sola.

IV

Ya se fueron los días,
se fueron dando vueltas
por la esfera del tiempo.
¿Cuándo llegará
la estación del vencejo?



ACTO IV

Lee ahora Juan Manuel
un poema evolutivo,
por cadente sugestivo
y que deja un regusto a hiel:
ya no es tiempo de papel
sino de pantallas planas.
Ya se doblan las campanas
            de etérea tristeza:
            van sin la nobleza
de una edénica manzana.

           
EVOLUCIÓN

No me preocupa
que los smartphone's
hayan invadido nuestras playas.
No me preocupa.
Lo que me inquieta
es la soledad de las gentes
sujetas a un calambre
dando de comer a un perrito imagen
en una oficina sin ventanas,
o que cualquier día
intercambiemos espermatozoides digitales
a través de tu tablet.

Me preocupa
que nos arrodillemos
en el altar del mercado
para blindar nuestra soledad
amuralladas por las empalizadas
de los mundos virtuales
que nos brindan
con esas gafas electrónicas,
hasta convertirnos en androides.

No me inquieta la ciencia
ni la técnica,
me inquieta el uniformismo
que calladamente va imprimiendo nuestros gestos
a golpe de marketing.
Lo que me desasosiega
es la destrucción de los bosques
y la creciente transformación del planeta en un erial
poblado por robots.

Y me preocupa que tu y yo,
que nosotros,
huyamos del contacto de aquella boca
que intenta acariciarnos;
que ignoremos su sonrisa
y prefiramos la impresa
en la virtuosa pantalla digital;
que estemos en el tren
conversando en el espermaphone
a penas, y apenas nos dirijamos
unas frases.

Me preocupa,
sí,
me preocupa
que tu y yo
estemos en la misma mesa
buscando horizontes en el móvil,
que nuestra misma piel
en su renuncia
se haya fundido
en la delgada película
de un iphone.



ACTO V

Si Paco Fenoy nos canta
alguna vez sus canciones,
transcribo sus libaciones
con la fiesta en la garganta:
¡juerga que el pueblo levanta
no para ni aunque quisiera!
Ahora leerán lo que fuera
            que pude escuchar
            al oírle hablar
pues lee mal (¡no hay manera!).

           
I

Con todo si eres riente
fresco y bragado
tintinea la copa
en martes grato.

Alegra el vaso
la corona del vino,
de mano en mano.

Hasta que vaso llore aquí se bebe
a fin de que te empapes
y gozo lleves.

Alegra el vaso
la corona de vino,
de mano en mano.

A divertirse toca, que valga la pena,
amigo del beber,
baila, enreda.

Alegra el vaso
la corona de vino,
de mano en mano.

Contigo compañero, siempre contento
diluirme con el aire
es lo que quiero.

Alegra el vaso
la corona del vino,
de mano en mano.

II

Sólo bebo a mis horas
como una esponja,
como el cebado papa
que olvida y goza.

Vivir la fiesta
coronándome a pámpanos
en su hora cierta.

A tal punto han llegado en el exceso
desde el grande hasta el más chico
en Roma y clero
que si a su dios mismo
lo vieran en la tierrall
lo hunden al vicio.

Al cura de mi pueblo
le hacen caminos,
vive como barragán,
sabe de vinos.
A son de Roma
danza conforme ley
en uso y cobra

La casta de vagos
de tantos que hay
no se puede ni contar.

Abro la puerta
y me reintegro a casa
en hora quieta.



ACTO VI

Cinta viene de Marruecos,
de después de la frontera
-por un libro es pasajera-
nos lee un texto sin flecos:
Chirbes busca recovecos
y los hace manantiales;
no habla de cambios puntuales,
            habla de cambiar
            tu alma de lugar
y de si somos iguales.


MIMOUN
(Fragmento)
Rafael Chirbes

La lluvia desplegaba toda la tristeza de Marruecos, sacaba las tripas enfermas del país y las tendía sobre las hortalizas embarradas de los mercados, los caminos intransitables y los cafés que apestaban a lana mojada y suciedad. Después, de repente, la lluvia se convirtió en nieve y pareció que nos purificaba a todos. Un silencio apacible se extendió por los jardines abandonados. Fue como si después de una larga enfermedad, hubiese al fin venido a visitarnos una vieja amiga. Los caminos se llenaron de mudas flores bancas. Los taxis de Baab Marwan arrastraban su cargamento humano rumbo a Fez, y los campesinos los miraban irse desde detrás de los cristales empañados del Café de la Poste .



ACTO VII

Oigo a María Copado
preguntándonos qué hacer,
si hay alternativa, y saber
cual es ahora su estado:
resulta injusto, malvado.
No olvidemos su energía,
ella es sangre y poesía.
            Queremos que vuelva,
            que el dolor la absuelva
y que vuelva su sangría.


Pero no te odio,
sería algo absurdo.
No hay pulso para ti en mi corazón.

Pero tampoco te amo
no siento nada,
sólo vivo el instante
de una forma mecánica y fría.
Mis pesadillas ya no existen,
tampoco los miedos.

Las tardes se van escondiendo
tras las cortinas de mi ventana
y dejan paso a noches sin luna
pero no siento nada.

Un largo suspiro se derrama
sobre el cuarto vacío: ¡sal de mi!

Pero nadie me escucha,
todo sigue igual.

Sólo pido perdón por lo que he sido
por lo que he podido ser.
Quiero zafarme de esa angustia,
pero no te odio, tampoco amo, tampoco vivo,
soporto la carga y sigo el día a día
seca y sin esperanza
camino hacia mi propia destrucción.


ACTO VIII

Limo más esta espinela
pues le toca a León Cano,
que domina el castellano
como si fuera él la escuela:
en el ritmo va la estela
de su corazón de abuelo,
sabe que se llega al cielo
            viendo la sonrisa
            sincera y sin prisa
de un niño ya chimuelo.


UN SONETO DESDENTADO
A un nieto mio que me muestra un trofeo
para el ratoncito pérez, recomendándole
indirectamente pasta y cepillo.
Oscar, enano, se nos caen los dientes
(a ti de amanecer, a mi de ocaso)
como se caen el triunfo y el fracaso,
los días oscuros, y los días ardientes.

Ya llegué al mar, apenas tuvo a sus fuentes
diente a diente vivimos, paso a paso,
mordiendo vida, y llegado el caso
mordiéndola a mandíbulas batientes.

Y de tanto morder caerán un día
más no te muerda la melancolía,
que muerda luz tu blanca dentadura.

Así como en el pan no se ve el trigo
un día no me verás, pero contigo
estaré, como el alba en su blancura.



ACTO IX

Habla Miguel de Leceta,
le toca al bitacorero,
que aunque escribe con esmero
nunca acierta en la receta:
¡y se llama a sí poeta!
¿Qué mas triste se concibe
que un poeta que no escribe?
            Pero tuvo un sueño,
            lívido, pequeño,
y que aquí Miguel transcribe:


NOCTURNO DE BAGDAD

Ella arroja una moneda
al iris vacío de sus sueños,
y sonríe a la reverberación
de la luz entre los ecos.

Ella,
que no sabe si por ella silba el viento,
ya está hecha a la medida
consonante del estruendo:

cuenta uno a uno,
como pétalos de sal,
los imposibles de sus sueños.



ACTO X

Carlos Tejado nos cuenta
(pues se le da bien contar,
dividir, multiplicar,
y reír con lo que inventa)
una historia que aposenta
su gracia en la incertidumbre.
Y no pierde la costumbre
            pues es divertido,
            y se ha construido
un historia sin herrumbre.


LA CALCULADORA

María le ha regalado una calculadora a Juan, el marido, por su veinticinco aniversario de boda, y se la ha dejado dentro del congelador con una nota: felicidades, nuestro aniversario de boda, en plata; calcula, te veo a las siete. Una calculadora y de los chinos, metida en el congelador. En la pantalla marcada una cifra: 25. Juan sabía que era un regalo jeroglífico, aquello debía de tener algún sentido. En seguida se puso a calcular cosas, nervioso: 25, los años de casados, por 365 al año igual al 9125 días de matrimonio. No, porque cada cuatro años es bisiesto, por lo cual en 25 años hay que añadir 25 entre 4 igual a 6,25. Es decir, seis bisiestos años sumados a los 25 años de matrimonio dan un total 9131 días. El 9131 no le decía nada. Pasó a la fecha en la que se casaron: 25 del 5, es decir, Mayo, de 1990. 25 más 5 más 1990: 2020: 20 y 20, qué curioso. 20 más 20: 40. No le venía nada a la cabeza con el número 40 salvo los ladrones de Alibaba. Se le ocurrió entonces calcular el número de horas que llevaban casados: 9131 por 24 daban 219144 horas: nada, tampoco le decía nada aquella cifra. El de minutos, a ver, 219144 por 60, igual a 13148640 minutos de felicidad. Huelga reconocer que aunque eran felices, lo que se dice felices tampoco habría que exagerar, y los 13148640 no habían sido todo lo felices pues algunos cientos de minutos, por alguna otra causa, habían dejado de serlo. Pero ponerse a recordar ahora los episodios infelices de su matrimonio y pasarlos a minutos y descontarlos del total se le hacía una bola de pereza insufrible.

Jeroglífico rima con frigorífico ¿y congelador? Ya, con calculador. Se quedó mirando a la calculadora, marcó instintivamente el número de teléfono móvil de María: 61047752... y cuando iba a marcar el último número no pudo, porque la calculadora le ponía como límite 8 dígitos: claro, como era de los chinos. El 2, dijo, como si fuera un niño sanildefonsino. El 2, no me ha dejado marcar el 2, ahí está la clave, 2, nosotros 2, pero faltan, quiero decir sobran, no caben en la calculadora: ¡hay madre que me está dejando, que está queriendo decir que sobra el 2! Tampoco iba ganar nada marcando mi número de móvil en la calculadora, porque de el mismo modo me iba dejar marcar... cielos, 2, dos 2 es que no caben  2 y 2 son 4. Ahora son exactamente las 4, las 4 en punto y mi mujer me está dejando con un plan perverso. Además, me ha dejado la calculadora dentro del congelador. Lo nuestro no está frío, está congelado. Todo encaja, ¡ay! Elige la fecha de nuestro 25 aniversario. 25: 2 más 5 dan 7. Ella dijo en la nota que volverá a las 7. Son las 4, quedan 3 horas. 2 y 2, que no cabe en la calculadora. Son 4 menos 3 horas que queda para que quede 1... estoy más sólo que el 1, sólo quedo yo ahora, es lo que me está intentando decir.

Silencio, Juan llora. Son las 7 y llega María, contenta. Se encuentra a Juan abatido, la calculadora en la mano. Se miran, y María le dice: ¿pero qué te pasa hombre, haz descifrado el jeroglífico? Ya no me quieres, ¿no? Le dice Juan. Pero qué dices tonto, que no te haz enterado de nada, no tenía que haberte dejado algo tan enigmático siendo tú como eres tan de letras puras. Te lo explicaré: en el congelador, bodas en plata, ¿que es la plata? Argenta, ¿y dónde hay mucho hielo? En Argentina, en la patagonia, ¿y dónde está el Río de la Plata, eh? ¿Pero me estás escuchando? Porque te estoy proponiendo celebrar nuestras bodas de plata con un viaje a Argentina. ¿Y la calculadora? Dijo Juan con un hilo de voz casi infantil. Pues un giño de amor, una broma, dijo María. ¿No dices que soy siempre fría y calculadora? Pues dejé la calculadora en el lugar más frío, el congelador. Era como firmar con mi sello personal. ¿Qué dices entonces? Parece que no te hace ilusión. Si claro mujer, es que... no se... me puse un poco tonto. Entonces María le dio un beso, cogió la calculadora y la tiró a la basura diciéndole: Juan , cuando lleguen nuestras bodas de oro, si es que llegamos, te regalaré una corbata, si es que todavía se llevan, te lo tienes merecido.



ACTO XI

Llena de dudas Rocío,
(bueno no, su personaje)
tiene dudas con un traje:
casi todo un desafío.
Ella escribe con un brío
que maneja ya a su antojo.
Con leerlo de reojo
            quedas enganchado
            y un poco agotado,
pues no deja un verso flojo.


Y MAÑANA QUÉ ME PONGO

¿Y mañana qué me pongo? ¿Hará buen día, lloverá? ...



EPÍLOGO

Hasta aquí lo que ese día
pude yo dejar grabado,
para el trozo que ha faltado
ya no tengo poesía:
se me perdone la osadía
de intentar hacerlo así.
Es un gusto para mí
            hacer el ejercicio
            de ese viejo vicio
de hacer versos: ¿a que sí?


Miguel de Leceta
27 de abril de 2016

2 comentarios:

francisco fenoy rodríguez dijo...

Muy original y de buen gusto. felicidades.

maria juristo sanchez dijo...

Muy meritorio y original el haber escogido a un poeta rondeño,
enhorabuena.
Maria Juristo