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sábado, 5 de abril de 2014

28ª Jornada/VII año: Miércoles, 2 de abril de 2014


El espía de la Carlos III

No desvelaré mis fuentes.

Pero alguien de dentro me informó que este miércoles la reunión del grupo se haría en la planta de calle de la LIVRERÍA y no en el sótano en el que sería más difícil colarse.

Cuando llegué ya estaban sentados algunos de los rscamanes con las mesas colocadas en hilera. Pedí un café y me senté en un rincón de la librería. Uno de los tertulianos me debió confundir con alguno del grupo y me indicó que me acercara pero le respondí que yo sólo era alguien que estaba haciendo investigación de la Carlos III.

Por poco me descubro. Es la primera vez que lo hago, lo reconozco, de ahí mi bisoñez y poca prudencia. Pero el ruido que hay aquí arriba con la gente que entra y sale me obligaba a permanecer cerca para tomar notas. Mi objetivo era claro.

Prudentemente me coloqué a espaldas del que yo sabía, coordinaba la Tertulia, Javier. Y observé que iba tomando nota de los asistentes e iba moderando la conversación y las intervenciones.

En mi libreta desordenadamente anoté nombres de los asistentes, algunos de ellos asisten también a otras Tertulias. Los reconocí porque no es la primera Tertulia a la que acudo para recabar la información que preciso.

Nombres que relaciono a continuación: Paloma (también nombrada como Paloma H.), Mª Antonia (anoto el alias también de "la Copado"), León, Javier (a quién ya he nombrado antes), Carlos (recojo que en algún momento se dirigían a él como el "señor Ceballos", Paco (aunque también se referían a él como Fenoy), Juan Carlos, Cinta, Rocío, Alberto, Amelia, Ana (llamada también algo así como Anagonz), Ma Jesús (la Briones) y Carmenfron (o simplemente Carmen).

En la Universidad Carlos III me enseñaron a ser meticuloso. Intento, por ello, no perder detalle.

Es curioso que no inician en seguida la lectura de sus textos sino que charlan de cosas que les interesan. Hablan de películas, de "La gran belleza" que parece que les ha gustado a todos, de "Her" que despierta dudas porque aunque la idea es buena no parece bien rematada la historia.. Paloma (Paloma H.) recomienda una película francesa: "Guillaume"...

Hablan de cosas ajenas a la Literatura como qué diferencia hay entre el color burdeos y el granate. (?)

Con esta estructura en línea de las cuatro mesas que utilizan empiezan a leer. Turno de Paloma (Paloma H.). Tomo nota del título: "Sonata para piano y conciencia". Ella dice que es un texto más largo de lo habitual. Dividido en cuatro movimientos:

1. Allegro ma non troppo
2. Andante
3. Minuette
4. Fuga

Una historia triste de niños que parecía en un principio que era para adoptarlos pero que se descubre otra intención.

Mª Antonia ("la Copado") ha traído un poema al que da lectura León. "Diminuta, microscópica...", anoto en mi libreta.
También anoto el comentario que hace la autora: "los que saben tanto se los come el mundo".

León, del que escucho que acaba de regresar de Málaga, lee un poema de su libro inédito "El libro de la yerma floresta", titulado "El fogón de Morgana". Hermoso soneto. Lo ha leído entonando bien y con un volumen alto.

Sube una mujer de abajo. Deben de estar representando teatro o similar, por los aplausos que se escuchan de vez en cuando. Pide que si pueden hacer menos ruido, que comprende que estén "de fiesta". Todos parecen extrañarse con el comentario. Pero son respetuosos y bajan el volumen.

Hay orden en esta Tertulia y complicidad. Lo noto.

León tiene pendiente de terminar una bitácora (sé lo que es una bitácora, porque antes de venir a la LIVRERÍA he echado un vistazo al blog "Cuaderno de bitácora", de la Tertulia RASCAMÁN) y lee lo que lleva escrito. "La madre de todas las bitácoras", así la define León. Aplauden.

Javier, el coordinador, pregunta si se ha escuchado bien la lectura (reconozco que yo mismo me he perdido cosas) y decide recolocar las mesas juntándolas en un cuadrado para favorecer la cercanía.

Sobre las mesas recolocadas están ahora descolocadas las bebidas de cada uno, que recuperan: los cafés, las cervezas, los sandwiches de apertitivo que han traído. Y recuperan también cada uno sus cuadernos y textos.

Javier lee ahora un poema que ha publicado en su blog: "El quinto elemento". Un poema que ha corregido su final y con el que parece ya satisfecho.

Rocío llama al orden para que siga la lectura. Carlos (el señor Ceballos) y Javier se entretienen en comentar en petit comité el poema.

La llamada de atención de Rocío fiunciona (anoto este dato porque servirá para mi proyecto) y continúan los autores leyendo.

Turno de Carlos (el señor Ceballos) que lee un poema que comienza de manera excelente: "la cicatriz antigua de un veneno". Y anoto otros versos: "me han raptado la voz los huracanes ciegos" y una palabra que no conocía: bastinar.

Paco (Fenoy) lee dos poemas homenaje a Paul Eluard, él dice que son resumen de dos libros de Eluard, el segundo de ellos "Capital del dolor", escrito después de que Dalí le "quitara" a su mujer, Gala.
Dice Paco (Fenoy) que de todos los surrealistas franceses el que más le gusta es Louis Aragon. "Que se te ve el plumero, Paco", le dice Carlos (el señor Ceballos).
Los dos poemas de Paco (Fenoy) se titulan "Donde tus ojos" y "Capital del dolor".
Con estos dos poemas, ya no hace falta leerse los libros de Paul Eluard dice Paco (Fenoy), están aquí resumidos.
Del segundo poema anoto el verso "tiene claridad de batallas".
Paco (Fenoy) lee dos poemas más, que salieron en una antología sobre el mar Mediterráneo que hizo Juan Ruiz de Torres: "Serena y misteriosa" y "Mediterráneo".

Intento tomar notas de todo aunque con disimulo, no quiero que me descubran, de vez en cuando Javier gira la cabeza para comprobar que sigo aquí e intenta descubrir qué hago.

Se marcha Carlos (el señor Ceballos).

Juan Carlos lee en su móvil un soneto a modo de despecho (lo tengo muy cerca y escucho perfectamente su texto). "Perrita del hortelano", se titula.

Turno de Cinta. El metro es un lugar ideal para escribir, dice. Ha traído un poema reivindicativo recordando la manifestación del "22M". Toca las palmas mientas repite: 22, 22, 22...
Lee otro poema después y se emociona (lo anoto en mi libreta) que se titula: "Vivir con una heroína".

Javier vuelve a girar la cabeza y me observa. Creo que se está dando cuenta de que no pierdo ripio de lo que se habla. Decido esconderme detrás de la barra y seguir escuchando. Debo quedarme hasta el final, saberlo todo.

Mientras me escabullo a mi escondite escucho a Rocío y a Alberto decir que no han traído nada para leer y que ceden su turno.
Amelia está escribiendo poemas para un nuevo libro que se llamará "Identidad", alguno de ellos aún no tiene título. Desde mi trinchera anoto algunos versos: "él se cierra cuando entra el alimento por su boca", "eliges las formas", "a veces alguien grita".

Ana (Anagonz) lee un poema en castellano que no tiene título. Descubro por los comentarios que ella es gallega y que a veces escribe en ese idioma.
Lectura ahora de Mª Jesús (la Briones), un soliloquio. Y algunos nanorrelatos, como éste:

Investigación

Hallarron el cadaver golpeado por el testamento.

Oigo la voz de Javier que pregunta: "¿se ha marchado el espía, el de la Carlos III?". Todos los afirman. Y oigo de nuevo a Javier que dice: "!éste ha venido a espiar cómo funciona nuestra Tertulia para copiarla!"

No lo ven pero me estoy sonrojando, ese es mi objetivo por el que he venido este miércoles aquí. Aguanto la respiración y me agacho aún más.

Cierra las lecturas Carmenfron (o simplemente Carmen). No ha traído nada pero aporta ideas, algunas frases que pueden servir de excusa para escribir relatos.

Oigo que mañana la Tertulia tiene una lectura colectiva en el Colegio de Veterinarios de Madrid.
Ya se marchan. Asomo la cabeza y veo cómo en la calle se están despidiendo y se dispersan.

Cierro mi cuaderno y retomo la respiración.
He tomado buena nota de todo.

Inauguraré una nueva Tertulia, la Carlos III: temblad rascamanes.

Javier Díaz Gil
5 de abril de 2014

miércoles, 2 de abril de 2014

27ª Jornada/VII año: Miércoles, 26 de marzo de 2014


La gruta de los cristales

Bajé a ese subterráneo, a esa gruta de Rascamán, en ella se encontraban cristales de todos los colores y de diferentes gamas que me descubrían sus pensamientos,su brillo particular, su esencia áurica a este humilde explorador.

La primera que me llamo la atención una misteriosa labradorita con reflejos verdosos de nombre Maria Antonia Copado me mostraba una hermosa poesía “Aquel hombre” y entre sus ecos cavernosos escuche "llego sin principio, el sol acostaba en su lontananza", me explicaba la esencia de ese hombre. Después a mis espaldas una turquesa moteada Rocio Díaz Gómez me pidió la venia para poder hablar y contarme un relato extraordinario “Manchas de ceniza” aparecían un Antonio Machado y un premio Nobel como Juan Ramón Jiménez que despertaban del bloqueo de aquel escritor asombrado, me eché a reír con su historia.

En aquella caverna se mezclaba el brillo, el verso y la prosa rítmica, pude oír una voz que con su autoridad era el citrino Javier Diaz Gil una poesía “El quinto elemento” salía de sus labios para expresar la idea de un existencialismo profundo y único, temeridad del espejo y el trueno esa frase era toda rotundidad, su aura dorada nos dejo con la suprema filosofía.

Entre todos los cristales el jaspe rojo Francisco Fenoy presento una poesía “Criatura Mágica” me llenaban de alegría tus besos rubios una expresión de deseo, retenerte y morir todo ello era un haiku íbero, “Ausencia” como si el viento fuera un vagabundo ahora sus ráfagas eran de nostalgia, sí, el jaspe rojo me reflejaba todo un mundo interior.

Seguía con su voz expresiva, llenando la gruta de curiosidad, con palabras castizas era la amatista Omega Escribano contando verdades del pasado madrileño, junto a ella un ojo de tigre Eunice Escribano, poderoso a la par que sensitivo con aquel relato erótico y muy ingenioso de “Caperu y Blanqui” las risas, los brillos reflejaban en los demás cristales, sonidos y la hilaridad llenaron mis oídos de explorador.

Ya con un matiz claro, cristalino el aguamarina Aureliano Cañadas me enseñaba sus versos “Violinista”: sonidos de escasas generosidades, acabo de robárselo a Caronte, si el barquero se llevó todo lo de aquel que pedía con su música con otra poesía, “Dolor”, el insomne leía una Ilíada, esa Ilíada que contundente decía no morirás solo hizo estremecer a la gruta entera. Al otro extremo estaba el lapislázuli, el sapiente lapislázuli Federico Monroy que con una “Oda de igualdad” con su quien abraza es quien ama pudo decirnos que todos iguales en género, en derecho en fin igualdad en carne y verso.

La aventurina Cinta Rosa Guil Redondo, esa parlanchina que me contaba la realidad del mundo exterior y diciéndonos que la verdad no es verdad y la mentira es moneda en curso, yo lo sabia, todos lo sabíamos.

Un canto de cisne del final de su vida el hematites Isabel Morión, heraldo de la muerte con “Mientras tu te vuelves viento” poesía digna y “La sangre se queda quieta”, todo se conmueve y todo cambia pues la muerte sigue ahí y no somos más que ceniza, daba honor entre pinturas y el recuerdo de una amistad segada.

Ya en su retorica hábil y astuta el onix de negrura brillante Carlos Ceballos nos narraba “La tristeza gruesa” poema con sabor añoranza del pasado y “En el muelle ante un ala delta con motor” ese camafeo que se cierne sobre mí, una experiencia entre el aire y el hombre mecanizado, todo el vuelo término. Y el dulce cuarzo rosa Amelia Peco cantaba un poema “Extraña de mí misma” atrapada por mí queriendo reencontrarse en su alma, en su ser entero esa era toda su canción de  inmensa profundidad y su bella aura rosada y verde hoja.

Apareció la obsidiana Miguel Paico “Epílogo” ese poema que contaba el vacío de la mujer, de la resignación de todas las mujeres de todos los tiempos.

Aunque sin contar su historia quedaban otras gemas con un ágata Carmen Frontera, un azabache Ana González, un peridoto Vicente González , una malaquita Alberto Torres y el intenso granate Leo Varela tal vez, tal vez ya tendría ocasión de escucharlos, con todos sus cantares y sus poemas. Yo salí absorto, ya estando fuera, la luz del sol dañó mis ojos, pero su brillo no era tan deslumbrante como los cristales de la gruta de Rascamán a los que había dejado tras de mí.

Me apenó no haber podido admirar el potencial de estas otras piedras el shungit José León Cano, el cuarzo rutilado Andrés París Muñoz, la prehnita Alma Pagés, la rodocrosita José Maria, el cuarzo cristal de Juan Antonio, el ágata musgosa de Juan Manuel y la piedra de luna Paloma Hidalgo con sus tonos irisados, etc.

Porque de todas ellas guardo su aura, su historia y la ilusión de volver a ver.

Omega Escribano
31 de marzo de 2014

martes, 1 de abril de 2014

26ª Jornada/VII año: Miércoles, 19 de marzo de 2014


EL JET LAG Y EL AMOR


Harigato, quiero decir Namasté, o Buenas tardes.

Aterrizo, aterrizo lentamente. Y ya no es el Ruiz, es la Livrería.  ¿Con “v “? Sí, con “v”. No es el jet lag, tranquilo, es que se llama así. Y por cierto, te toca hacer la bitácora. ¿La bitácora? Pero si no sé en qué hora vivo, ni en qué país. No importa. Nada importa. ¿No te han enseñado los indios que más o menos da lo mismo una cosa que otra, que todo da igual? Pues escribe y déjate de gaitas. ¿No es eso lo que te gusta? Sí, me gusta escribir. Pero los novelistas necesitamos saber el día y la hora para ubicar la trama, y el lugar donde transcurre la acción, y adónde va el siguiente capítulo y el desenlace,  no somos como los poetas.

 Venga, déjate de rollos. ¿A cuántos indios no has visto que no saben si tendrán para comer al día siguiente y no le dan tantas vueltas? Vive el ahora. Como los notarios. Y cuenta qué paso en el Ruiz. ¡Querrás decir en la Livrería! ¡Es verdad, en la Livrería, casi la cago! Te echaré una mano: miércoles, 19 de marzo, día de San José, Madrid, pronto llegará la primavera…

En los bajos de la Livrería, reunidos en amigable tertulia literaria, todos ellos por propia voluntad y en el libre ejercicio de sus inquietudes artísticas  y culturales, comparecen:
Dícese llamar Paloma Hidalgo, que aporta tres microrrelatos en metálico: “Gigantes”, que cosecha la admiración general. Luego, “Hambre”, sobre venta de niños. Y por último: “Turbuluencias”, que será publicado próximamente.

De nuevo el  jet lag. Me ha parecido oír que alguien quiere ahondar en las diferencias semánticas entre “pajera” y “pajillera”, en su correcta ortografía y en su etimología. Y también me ha parecido oír que Javier ha desmenuzado gracias a Internet los antecedentes históricos orígenes del "Cuerpo Técnico Sanitario de Pajilleras del Estado" y sus sedes en Andalucía.  ¡No…!

María Antonia Copado le entrega a Carlos para que nos lea “Falso beso”, inspirado en la exposición de de escultura y obra gráfica de Leonor Varela en el Hotel Puerta del Retiro. Y Carlos nos habla de torsos y bocas…

Aureliano Cañadas nos traslada al territorio de los mitos, al momento de la lucha entre Teseo y el Minotauro. “Una caricia” y “Porque yo soy Teseo” nos dicen que “es necesario ser el dueño del tiempo”. Aure sigue alicatando su “Laberinto”.

Comparece Paco Fenoy, sonrisa al viento, con dos pequeñitos poemas. “Mis negros ojos” que “van donde tú vas”, llega al respetable. Amoroso y ardiente Paco. El segundo, “Era el estío”, recibe alguna crítica. Mucho fuego en el verso.

Rocío Díaz indaga en el mundo de los alumnos torpes. “Gorda”, titula el relato que sobrevuela el reinado de Isabel II y los libros de Historia. Efectivamente, como se esperaba, el niño no entiende nada. Pero aunque se esperaba, ¡se armó la gorda!

Javier Díaz, nos ha traído del pasado una sextina. ¿Qué es eso? Una composición de seis estrofas de seis versos endecasílabos más un colofón de tres versos con palabras que se cruzan y entremezclan. “El verbo” se llama la obra que concluye: “Si el verbo sale a escena, don divino”. Del libro “La palabra y la carne”.

Me da una recaída. Isabel II. Las sextinas. El minotauro...  

Carlos Ceballos viene a darme la puntilla con un poema que se titula “Shanti”, ¿palabra india, sánscrita? El poema habla de la paz que supera toda comprensión. Ohm. Tono agradable. Carlos nos deja buen cuerpo.

León Cano viene con un soneto cuya trama se desarrolla en un teatro. “Manos amantes”. León se queja con maestría. “Tus manos me amaban, pero tú no me amabas”.  Uff. El amor es como el jet lag.

Juan Antonio vuelve con “Nuestro cabezón” remozado. Se vuelca en la interpretación teatral de la pieza. Diálogo simple entre Amor y Luna, rebotadas porque no les dan el Goya. Otro año será.

David no ha hecho deberes. ¡Ay estos novelistas y las carreras de fondo!

Alberto tampoco. ¡Ay estos novelistas!

Miguel es un compañero nuevo que viene del Perú y escribe poemas de renuncia. Nos dedica su “Epitafio”, que dice, entre otras cosas: “morirse resulta insuficiente”.  Es un género, el de los epitafios, a considerar.

María Juristo, nos lanza un poema de autor desconocido, “Viajar”, que se atribuye a García Márquez. El público se rebela, pues el texto no da la talla. ¿Será de García Márquez o son las cosas de Internet?  Luego, María declama algo suyo, “Aún… permanecen en la noche aquellas palabras negras…”  Penetrante y suavecito.

Ana González, pone sobre la mesa un microrrelato, “Portátil”. “Estaba segura de que me fallaría la memoria”, empieza inquietante. Pero la tecnología redime al personal.

Leo Varela nos habla de su exposición. Recibe los elogios de quienes acudieron al estreno. Piedras talladas con esmero, rostros que se perfilaron tras muchos años de aprendizaje. En el Hotel Puerta del Retiro. Pasen y vean. 

En último lugar, comparece quien dice llamarse Paloma Sánchez. Está cabreada, confiesa, pero tampoco sabe adónde se dirige. ¡Vaya, otra con el jet lag! Nos propone una solución poética: “Maneras de cerrar los ojos”. La crítica recortaría alguna cosa. Tampoco mucho. Me suena esa voz poética.

Y el tema. El otro día me quedé dormido en el 27 y me desperté en la Plaza Castilla. Nunca me había pasado. 
  

Vaya tardecita. Cierro la libreta. Deben ser entre las ocho y las nueve. El jet lag es como el amor. 

Alberto Torres
1 de abril de 2014

miércoles, 19 de marzo de 2014

25ª Jornada/VII año: Miércoles, 12 de marzo de 2014


Una tarde en el batiscafo

Por una rara decisión del destino, hoy 9 de abril de 2043 he cumplido 100 años. No me acuerdo de dónde he puesto las gafas, ni con qué finalidad me encuentro a veces en el cuarto de baño, y me cuesta mucho recordar cómo se llamaba esa actriz norteamericana maravillosa de la que siempre anduve enamorado, esa Marilyn no sé cuántos que me ponía los dientes afiladísimos cuando todavía me quedaba alguno.

Pero hay cosas que no se olvidan nunca.
 
Tal es el caso de lo que viví la tarde del miércoles pasado; quiero decir, del miércoles, 12 de marzo de 2014, que fue como si hubiera sido ayer, como si la memoria de los centenarios fuera más caprichosa que las efusiones de una adolescente.

No me daba cuenta entonces, apenas iniciado el declive, de lo fresca que seguía rebullendo la sangre que refrescaba mi corazón. La misma que, por fortuna, lo remansa ahora, cuando ya ha pasado tanto tiempo de aquella época miserable y corrupta, previa al derrocamiento de la monarquía, en la que, sin embargo podía producirse un cónclave “jabonado de delfines”, para gloria y contentamiento de los poetas que allí nos reuníamos.

¡Oh tempora, oh mores..! El lugar de reunión yo lo llamaba El Batiscafo, pues era una sala subterránea acristalada. Si no llegaba la luz del sol, sí la azulada de un imaginario fondo marino por donde discurría la profundidad, el misterio y las imprevistas bancadas de metáforas, enriquecedoras de versos y prosas.

Javier, el capitán Nemo de aquel periplo semanal, acababa de regresar de Creta con un regalo para Aureliano, el patriarca de la tribu, consistente en una estatua donde Teseo luchaba, como el propio Aure, con ese Minotauro que todos albergamos en lo más laberíntico de nuestro ser. Fue el mejor regalo que pudo complacernos a todos, luchadores o no, de aquel cotarro mágico, iluminado por las más encantadoras sirenas que pudieron reunirse nunca en Madrid.

Empezaré hablando de la sirena llamada Paloma Hidalgo, de la que estaba tan enamorado como de todas las demás allí reunidas, y como de aquella Monroe (¡ahora me acuerdo!) que endulzó las horas más ásperas de mi adolescencia provinciana en cálidos y reconfortantes aislamientos… Era una espléndida rubia, la Hidalgo, no la Marilyn, que acababa de cumplir los más bellos cincuenta años que vi jamás.   Tenia un aura adolescente y un leve roce de tristeza en el fondo de sus ojos, pero esa tristeza la desmentía constantemente con una sonrisa tan poderosa que paralizaba el tiempo (la recuerdo y, en efecto, el tiempo ha cristalizado: ayer es hoy).

Paloma abrió sus alas y dejó palabras suyas volando por el interior del batiscafo. Eran de un pequeño relato, llamado Pecata Minuta, donde manos, plata, acero, combinaban su magia sonora, como letras de un cefirot, de diamantina armonía y claras evocaciones sentimentales; de hecho, al otro lado del cristal de nuestro hermético navío, multitud de sirenitas transparentes, del tamaño de un dedal, y cuyos rostros eran singularmente iguales al de Paloma, aplaudieron sin hacer apenas ruido, de manera que algunos tertulianos lo confundieron con los rumores procedentes de la librería del piso de arriba.

Le tocó el turno a continuación a la sirena llamada Isabel Morión, y sin haberlo buscado me ha salido un pareado.

¿Cómo era aquella majestuosa y elegante sirena santanderina, en cuyos ojos intensos refulgían las  tormentas más emocionantes del Cantábrico? Tenía la voz poderosamente femenina de una locutora de los años treinta, una voz sin embargo tierna y sencilla, como las que surgían de las radios galena antes de que una voz de tiburón machihembrado dijera por las ondas aquella obscenidad de “La guerra ha terminado…”

Como si la guerra que siguió a la guerra, que por aquellas fechas cumpliría setenta y cinco años, hubiera terminado alguna vez.

No, no había terminado, sino que se había recrudecido: algaradas, cargas brutales, precariedad, angustia, miedo al futuro… Todo aquello rebullía esa primavera triste, como flores del infierno azotadas por la tempestad, al otro lado del cristal de nuestro batiscafo, a donde no llegaba el ruido de los cascos, cada vez más cercano, de esos Cuatro Jinetes que acompañan siempre al fin de una época.
Con su voz de monja arrepentida, que nos ponía las pilas a todos, Isabel Morión evocó la figura enorme de Caballero Bonald, uno de los pocos poetas resistentes que quedaron en España tras el 39 y que por aquel entonces contaba con ochenta y seis años de extraordinaria viveza.

De su libro “El agua del olvido”, que se presentaría días después, con gran pompa y circunstancia, nada menos que en la cripta del Gijón, enmaderada de arriba abajo como el interior de un barril barnizado, la sirena Morión leyó un poema dedicado a Bonald en el que se decía algo así como que “somos el tiempo que nos queda”. Es decir, que no sabemos lo que somos ni lo sabremos nunca, por más que, como en mi caso, acabemos cumpliendo cien años…

La reflexión filosófica se rompió de modo festivo cuando nuestro ínclito Fenoy, de quien hablaré más adelante -si es que me queda tiempo- dijo con toda sapiencia y seriedad que Bonald le puso los cuernos a Cela. Pese a la carcajada general, no tuvo a bien añadir más detalles.

En esto el Boss Nemo, nuestro no menos ínclito Javier, cambió el tercio y leyó un poema, que calificó de “experimental”, donde Caperucita Roja se esconde tras un carrusel de sabrosas concatenaciones:

“Roba, roca, ropa, roña, rosa, roja, coge, moja, roja, ruge, reja, rija, roja, ruja…”

O algo así, y que el pacientísimo lector me perdone los lapsus debidos a mi centenaria ancianidad, amén.

Pero como la tarde estaba henchida de acontecimientos, ocurrió en aquel entonces la llegada de Aureliano, nuestro Catulo redivivo, sobre cuya lustrosa calva revoloteaban siempre las chispas de un cerebro tan amable como brillante. Y el bueno del Aure nos perpetró un magnífico poema titulado “Universo”:

“Me negabas ayer el universo
y hoy resulta, mi vida, que no es tuyo.
De lo que sólo a ti te pertenece,
Soledad y desengaño.
No me ofrezcas”.

Aureliano, Aureliano, buen amigo, cómo te echo de menos en esta apacible, pero ingrata soledad con la que se me castigan los fervores de tantos años… Pero aún resuenan en mi  monda cabeza tus poemas para recordarme las magnificencias de tu palabra y de tu alma.

Vuelve a perdonarme, lector, esta digresión  inoportuna, que mientras seco una lágrima continúo con el relato.

Y fue que el Boss abrazó al Aure, ante el aplauso general –el Batiscafo se balanceó un poco- y le hizo entrega de la estatuilla mitológica donde un Teseo broncíneo apuñala a un triste Minotauro que, salvo devorar doncellas y donceles, como era su obligación, no se metía con nadie que no se metiera en los jardines de su laberinto. Ante la macarra apostura de Teseo y la doble testuz afilada del Minotauro, no tuve más remedio que comentar sobre la estatuilla: “¡Encima que le pone los cuernos, lo mata..!”

Menos mal que casi nadie escuchó mi comentario.

Pocos días después empezaron a cometerse asesinatos nada mitológicos sino bien reales, y la sangre manchó puentes y calles de este malhadado país; como si el Minotauro, enfurecido por tantos desmanes, hubiera decidido salirse del laberinto, donde estaba encerrado, con los cuernos bien enhiestos. Todos sabemos ya los incendios a que dieron origen estas primeras brasas, pero eso es otra historia.

Que nada tiene que ver, aunque esté inmersa en ella, con la mucho más apacible del Batiscafo.

Hundiose el aparato, con lentitud sedeña, en aguas de más profundos ensueños, cuando Nemo, tras la fervorosa ofrenda al Aure, leyó su poema “Isla”:

“…Llueve sobre el lago,
Invierno, pérdida,
Para que esta lluvia
Siga cubriendo todos los recuerdos…”

Justamente, querido Nemo, te encuentres ahora donde te encuentres: es esta misma lluvia que cae sobre Madrid mientras escribo, aquietando penas y deslumbrando recuerdos, como los de aquella tarde en la que la poesía, una vez más, nos salvó de la barbarie.

María Antonia Copado era otra de las sirenas maravillosas de aquella irrepetible tertulia. Aunque castamente, que era sirena casada, ni la Copado ni yo podíamos resistirnos a rozar nuestros labios a modo de saludo, pues tanto y tan bien nos queríamos. Los ojos de su alma alcanzaban mucho más que los muy bellos de su rostro, de modo y manera que sus ardorosísimos poemas eran leídos por otros contertulios. Este vez le tocó el turno a Carlos, que al principio se autoapellidó Nosabe, y luego Yasabe, él sabrá por qué. Tal vez porque, como buen místico, le alcanzó, por obra y gracia quién sabe si de Juan de la Cruz, esa búdica iluminación que se logra “sin saber sabiendo, toda sciencia trascendiendo…” Así nos las gastábamos los conjurados submarinos.

Iluminado o no, prestó sin embargo sus ojos al poema de la Copado, donde se encontraba la nada, bosque que oculta la memoria de lo que fue. Donde también se hablaba del sueño, huella húmeda, alma tu rostro todo mío…

Uno de esos poemas, en fin, que pese a ser crípticos, están llenos de fervorosas reminiscencias, esas que hacen cosquillas indelebles al corazón. María Antonia, estés donde estés, sabes que te quiero y que mi alma está junto a la tuya.

En cuanto a Carlos Nosé, que Ya sabe, cuyo verdadero apellido era Ceballos, protagonizó una polémica literaria acerca de añadir o restar adjetivos a los dientes que figuraban en su poema curiosísimo y demoledor, como casi todos los suyos. ¿Diminutos y agudísimos dientes, o sólo diminutos dientes? Algunos nos inclinamos por simplemente diminutos, con lo que el poema quedaría así:

“Diminutos dientes
infectando como la lepra
la carne humana (…)
Y la muerte sobrevive al cuerpo,
Sajado con fino estilete
Por innúmeras cicatrices…”

Carne y muerte… O sea, la misma cosa… Mi médico, que es un papanatas, como casi todos, me ha recomendado una serie de mejunjes que, por obra y gracia de mis santísimos testículos, he acabado tirando a la basura. Y entonces, oh milagro, han ido desapareciendo, uno tras otro, todos mis alifafes; o yo he dejado de concederles importancia alguna, que de esta vida nadie sale vivo, sobre todo mucho después de los cien años. Así ocurre porque es la mente la que cura al cuerpo, con sus salutíferos dientes, y yo hace tiempo que le dije a mi mente que me lo preservara hasta llegar a mi feliz decrepitud, siquiera fuese para poder sopesar y degustar, con la perspectiva del mucho tiempo transcurrido, la felicidad irrecuperable de aquella hermosa tarde, como tantas otras, a bordo del Batiscafo.

Y vuelvo a ella, pues tanto me rejuvenece, cuando tomó la palabra el guerrillero Fenoy, émulo del Ché y de Buenaventura Durruti, que era sin embargo de apariencia mansa, aunque de pecho tumultuosamente marino. Y pese a lo revoltoso de sus ideas, tan compañeras de las mías, resulta que se sacó de las meninges un poema soberbio que en nada envidiaba al Cantar de los Cantares:

“Hermosa, ven,
Cuando se enciende la noche
Entro en tu jardín diminuto.
Ven, amada,
Oh brasa que oreas
Tálamos y llamas”.

¿No parece, también, un poema persa, de los inspirados por el sufí Rumí? Ah, maravilla de las maravillas… Mientras afuera la gente se suicidaba por los desahucios, y tanto los semirrojos como los superazules seguían decididos a chupar del voto, a perpetrar sus tropelías, así se desangrase el país hasta la muerte…

Rocío, ay mi Rocío… Puritita canela en rama, y en forma de sirena pudorosa, de las que parecían no haber roto nada en su vida, salvo palabras, para extraer sus esencias evocadoras. Y sí que evocaron, sí, las de su relato sobre alguien que estuvo en la cárcel de Soto del Real, donde podía “chutarse letras en vena”. Palabras, palabras… Pero, así lo dejó escrito, “hay peores cárceles que las palabras”.

Rompo los barrotes de esta cárcel de palabras donde me encuentro, para volar hasta el recuerdo de una de mis sirenas favoritas, la gallega Ana, a la que una vez le di un bico en la boca –con permiso de la autoridad, y dado que el tiempo no lo impedía y el compañero estaba ausente-, porque también la quise, y la sigo queriendo ahora, esté donde esté. Creo recordar que nos leyó aquella tarde un lindo poema, “Ainda”, medio galaico y medio castellano:

“Da miña boca
aún siento que fue mañana
y no ayer…”

También anunció su marcha a Australia, como médico sin fronteras, desde donde nos escribió después mails llenos de encanto y efusividad. Ana: cómo olvidar las cenas majestuosamente gallegas a las que nos invitabas en el jardín de tu ático, cómo, así pasen mil años, borrar de la memoria esa risa tan enriquecedora que no encuentro adjetivos para dibujarla, esa vitalidad cuya descripción llenaría páginas y páginas en una novela de Balzac… Eras musa principal, y poema viviente, del Batiscafo. Cuánto te echamos de menos desde que decidiste marcharte a los antípodas y yo te recomendé que caminaras allí con mucho cuidado, no fueras a caerte bocabajo…

Hete aquí que tomó luego la voz recitante Juan Carlos, el poeta que era más amable que un jardín brotado en medio del Sahara. Y de la voz del poeta surgió su poema “El Cometa” (éste también pareado, pero buscado):

“Lanza al cielo la antorcha del asombro,
vibran los planetas
en la ancha libertad que alberga tu pecho…”

En el nombre de la libertad no se cometían crímenes (como los de afuera del Batiscafo), sino poemas estupendos, como los de la sirena Alma, experta buceadora en aguas serenas y reidoras, en compañía de palabras que tremolaban con la Senyera o con el rojo y albero de la hispánica, que por igual la acompañaban en dulce danza de peces como labios:

“A veces el agua olvida los cauces,
llueve a carcajadas en ritmos transparentes…
¡Es tan intenso el no ser!”

El poema se titulaba “Arabesco del agua repensando su curso”, y eso es la vida cuando regresa a sus primeras orillas, eso es la cada vez más precaria memoria en la que, sin embargo, se clavan  momentos indelebles que dan sentido a todo transcurrir.

A continuación leí yo, no me acuerdo qué, y luego vino Alberto y nos contó cosas de su agridulce viaje a la India, de Bombay, caótica, ruidosa, sucia, contaminada, de Madurai donde encontró una paz relativa en el asram donde se alojaba, de que las castas siguen funcionando… En el corazón de aquel infierno, sin embargo, sigue existiendo la felicidad, que no es otra cosa, aprendió en la India, que la persecución de la belleza y la persistencia de la esperanza.

Parece que no le sentó nada bien el periplo hindú a este soberbio novelista, que escribe mientras sigue buscando su lugar en el mundo, pero pronto se recuperó.

Cinta, la sirena Cinta, cuya rotunda belleza estremecía los cristales del batiscafo tanto como su sonrisa interminable, como sus ojos del más hermoso color indefinible que viera nunca. Cinta, digo, leyó su poema “Nómadas”, del que recuerdo “El desierto renace en plena noche oscura”.  Extraño y sugerente semihaiku cuya imagen poderosa me recuerda –ah, memoria, a veces tan grata- las noches de luna llena a bordo de ese mar infinito que es el Sáhara…

Juan Antonio, que en el fondo era un cachondo de mucho cuidado, tuvo la amabilidad de leernos algo indefinible, pero que moló mogollón, titulado (y dale con el pareado) “Nuestro Cabezón”. Se refería a la estatuilla de los Premios Goya y hablaba mal del ministro de Cultura de turno y de otras simplezas tan características de aquella época, en la que los lerdos mandaban a los cultivados y el Iva de los bienes culturales había subido, como las almas puras, hasta alcanzar cielos inaccesibles a las por entonces miserables economías de la mayoría de los ciudadanos. Menos mal que después de aquellos tristes años pasó lo que pasó.

Con la sirena extremeña Amelia Peco fui una vez al cine, y antes de que empezara la película le propuse que nos hiciéramos “hermanicos de sangre”: había que sajar un poco las muñecas para que nuestras sangres se mezclaran. En vez de eso, y para evitar el dolor, nos las apretamos entre el índice y el pulgar, para hacernos un poco de daño, y no juntamos las sangres sino el pequeño sufrimiento mutuo. Ese ritual nos ha unido amistosamente, aunque no nos veamos casi nunca. Yo se lo agradezco mucho, pues al ser hijo único siempre he añorado una hermana.

Pues mi hermanica de sangre, aquella memorable tarde en el Batiscafo, citó una cita de Voltaire que encabeza o aparece, no me acuerdo bien, en un libro de Martín Vivaldi: “Una palabra mal colocada estropea el más bello pensamiento”.¡Tenedlo siempre en cuenta, oh poetas amigos de abundosos adjetivos: menos es más!

Pido perdón, posiblemente póstumo, a los no citados, que ya fueron pocos, pero es que me he cansado de escribir, y no quiero convocar a Caronte todavía, y menos por fatiga dactilar frente al ordenata.

Menos da una piedra.

Y paso a paso, piedrita a piedrita, acabamos derrocando los David populosos la tiranía de Sansones coronados, como todo el mundo sabe. Que menos es más, pero cuando los más se juntan no hay menos que lo resistan.


Deo Gratia.

José León Cano
21 de mayo de 2014

martes, 18 de marzo de 2014

24ª Jornada/VII año: Miércoles, 5 de marzo de 2014

 Ariadna, Teseo y el Minotauro


Reunidos en torno a dos mesas varios Rascamantes lloran en La Livrería la ausencia de su Teseo, Javier Diaz Gil, quien les dejó días atrás para guiar sus pasos por un peligroso laberinto cuyo interior esconde un monstruo antropófago. José León, Paco Fenoy, Juan Antonio, Rocío, Alma Pagés, Cinta, Carlos Yasabe y David, lloran y meditan si lo que impulsó al poeta a aventurarse en tan riesgoso viaje no fue sino la tardanza en presentar sus trabajos para la antología Rascamanera.

¿Habrá vuelta atrás?, se preguntan, ¿una segunda oportunidad? ¿Desandará Javier el camino recorrido? ¿Dónde está la salida…?

Los Rascamantes lloran por los tiempos en los que Javier-Teseo estaba con ellos, pero también por aquellos en que los barrios de las ciudades no eran dédalos sino pueblecitos donde todos se conocían y todos cuidaban de todos. ¿Lloran por los tiempos pretéritos o lloran por los actuales, tiempos caníbales dominados por un individualismo de cuerpo humano y cabeza taurina, tiempos en los que la solidaridad ha dejado de ser norma para convertirse en excepción heroica?  

Da igual, es lo mismo: los Rascamantes lloran, y punto. El clima es propicio. Y por culpa de ese llanto desconsolado han levantado su propio laberinto, construido con los kleenex que han ido depositando sobre las mesas.

Para aliviar la pena los Rascamantes deciden leer. Quieren convertir en presente tangible tiempos que sí, es cierto: fueron mejores. Es la manera de exorcizar sus Minotauros, no conocen otra. Inicia el rito redentor el poeta Paco Fenoy, que lee a la afligida concurrencia una crítica a su último poemario, escrita por Milagros Salvador, publicada en una revista. En ella, Milagros habla de la intensidad y de la densidad de los mensajes fenoyeros. Después, Paco lee un poema fechado en el año 1990 (¿tiempos acaso mejores…?), inspirado en la figura de Rafael García Calvo. Dejo constancia aquí de varios versos:  

Y como siempre extraños / a los presentes nuevos vientos / que nos vienen cercanos / ajenos a lo vivo / para nada nos sirven / los sabios y los poetas.

Una vez más, la poesía cumple su función terapéutica. Lo demuestra el ánimo rehecho de los Rascamantes, quienes enjugan sus lágrimas y se atreven incluso a sonreír; parecen mejor de lo suyo, tras aludir a otro mito y sugerir un relato que tenga por protagonista a un Sísifo aquejado de piedras en los riñones, lo que rebajaría su condición mitológica a la categoría más dolorosa de ser mortal. 

La segunda Rascamante en leer es Rocío, que hoy anima a los oyentes no con un relato propio, sino ajeno. Su autor es Fernando León de Aranoa, director y guionista de cine. El relato se titula “Mi Waterloo” y pertenece a su libro “Aquí yacen dragones“. Los Rascamantes escuchan atentos y, al terminar, reconocen la capacidad narradora del autor, valoran su originalidad y ensalzan la raíz lírica de su prosa

A continuación, interviene Cinta para recetar a sus compañeros una lectura anti-tristeza. (Y, ¿cuál no lo es, me pregunto, excepción hecha de los periódicos…?) Se trata de la novela “Mil soles espléndidos”, del escritor afgano Khaled Hosseimi. Cinta lee un fragmento que contiene la semblanza que un personaje hace de su padre. La descripción demuestra a los Rascamantes que la memoria puede elevar a materia literaria el recuerdo de los seres queridos, pero también al hecho incontrovertible que lo provoca: el vacío que nos dejan. Al que esto escribe le emociona profundamente el fragmento.   


Cierra el turno de lecturas el Rascamante Carlos Yasabe. Carlos recita un poema y ofrece un extraordinario verso para la reflexión:

Amamos la longevidad para amar la maravilla.


Los Rascamantes confían en que Javier, su Teseo, regrese algún día victorioso. Y así como Pinocho escapó de las entrañas de la ballena, y los siete cabritillos hicieron lo propio de las de un lobo feroz, escape él al hambre voraz y milenaria del Minotauro. Para tal fin, ofrecen sus sacrificios, que tendrán la forma de relatos y poemas enhebrados con finísimos pero irrompibles hilos de Ariadna. Y esperanzados, se dirigen por el sendero que les llevará a la salida. 


David Lerma Martínez
17 de marzo de 2014

jueves, 13 de marzo de 2014

23ª Jornada/VII año: Miércoles, 26 de febrero de 2014

Zarpa el ELMARPOETA


El barco está listo para zarpar, son las 17,30 h. Se prevé mar en calma; los pasajeros que faltan irán subiendo a bordo en los puertos que iremos visitando a lo largo de esta travesía por la costa.

Nunca faltan poetas que suban a este barco; que esperen impacientes en el embarcadero la llegada del ELMARPOETA. Nuestro barco es de vela, grandes velas donde vamos escribiendo nuestro versos, relatos…, historias salpicadas, a veces, por el agua.

Comenzamos en el único camarote que tiene este barco; no es demasiado amplio pero es íntimo y adolescente y viejo; tiene sabor a edad y a juventud y a sal.

El capitán nos avisa del retraso y comenzamos abriendo nuestros cuadernillos, otros sacan sus folios.

En el centro de la mesa hay bombones, ha sido el cumpleaños de Paloma y quiere que endulcemos nuestra boca y nuestros sentidos.

Llega Cinta con otra hermosa caja de bombones, también ella cumplió años la semana pasadas. Entre estas dulzuras y nuestros pliegos comenzamos la tarde en el ELMARPOETA.

Comienza León con un bello poema amoroso en honor –dice él- a San Valentín: /te bautizo de música, te quiero…)/desde mi incólume acero yo te quiero.

Javier, el capitán de ELMARPOETA, nos lee “Desde lo ingrávido”. Es lo que está escribiendo actualmente: /sobre el aire no se han dado cuenta caminan los viajeros…) /es extraño que nadie sea consciente…)

Surgen los primeros comentarios reflexivos que solemos hacer:

Paloma Hidalgo comenta que, /Somos Víctimas vulnerables/
La observación de Cinta es que /cada uno arrastra su propia maleta.
Otra Paloma: esta recién operada y ha venido a vernos cojeando, ¡ole por ti Paloma! /ve en el poema una especie de rebeldía...entre otras cosas.
Eunice, /bendita imaginación/
Omega, /es tomar consciencia de todo lo que nos rodea.
Javier como autor nos explica su sentimiento, /estamos demasiado sujetos y hay que perder el miedo a soltarse.

Turno de María Antonia Copado. Nos ofrece un poema amoroso, lo lee Javier.
/desde este rincón mío enmohecido…) /Te amo todavía…) /podía haber sido feliz pero fui desgraciada…).

Hay discrepancias –para Omega tiene garra. A Paloma le resulta bello.

Paloma Hidalgo, una de las cumpleañeras, lee a la concurrencia dos relatos que le han publicado en una Revista Cultural Chilena, “Verbo Desnudo” : Lecciones de amor y Secretos del amor, este último parece que es el más ha gustado. Habla de una pareja que cada uno esconde los problemas al otro para no hacerle sufrir.

Rocío nos lee un relato que aún no ha terminado. Es de suspense. Una persona recibe una cajita, al abrirla hay un dedo con un anillo puesto… ahí queda la incógnita. Hay personajes con manos vendadas. Todo esto deriva en la guerra civil española; en la división azul.

Cinta nos presenta un poema escrito sobre una radiografía, es un poema profundo lleno de filosofía. Nos gusta la estética de cómo lo presenta.

            Llega el turno de Paco Fenoy; nos presenta el primer capítulo de su novela.  La mayor parte de los que allí estamos coincidimos en que escribir una novela es un entramado que hay que saber armar de forma concisa, viene a ser lo mismo que construir un edificio y conseguir que no se caiga porque los cimientos y la estructura son firmes.

Yo digo tenemos que aprender de los grandes maestros de la literatura, o al menos intentarlo.

Italo Calvino desarrolló a lo largo de su vida una detallada y variada reflexión sobre el hecho de escribir sumamente aprovechable en la práctica de todo escritor. En su libro póstumo, Seis propuestas para el próximo milenio, se publican algunas de sus reflexiones acerca de las condiciones para que la escritura creativa sea más rica. Dichas condiciones son:
1/Levedad: Levedad se asocia con precisión y determinación, no con vaguedades.
2/Rapidez: implica economía del relato. Si se trata de peripecias, aconseja narrar lo más esencial.
3/Exactitud: se refiere al diseño o la organización de la obra, que debe ser bien definido y calculado. Para ello, reducir los acontecimientos contingentes.
4/Visibilidad: Partir de la palabra para ir a la búsqueda de la imagen visual, y no al revés, es lo que Calvino aconseja.
Pasando a otro maestro de la literatura: Flaubert dormía con el diccionario de la Academia y con la Gramática bajo su almohada. Sus premisas a la hora de escribir eran: Claridad – orden – armonía y ritmo de la frase – reescritura. Faubert para conseguir esas frases exactas corregía hasta la tortura. Sus borradores parecían campos de batalla.
·         Zola hablaba de la Composición Arquitectónica.

·         Y termino con Edgar Allan Poe, que decía “Para que un plan merezca el nombre de tal debe haber sido cuidadosamente elaborado con el fin de preparar el desenlace antes de que la pluma se pose sobre el papel”. Yo digo que aprender de los grandes es nuestro reto si de verdad queremos dedicarnos a este arte sumamente complicado como es escribir.

Aureliano nos lee un bello poema de temática mitológica. Es un poema desnudo de florituras, yo diría que lleno de purismo, todo es conciso, nada sobra en él. /le dice el Minotauro a Teseo: /Cuando los dioses quieren favorecer a un hombre le otorgan una voz como la tuya/cuando quieren perderlo por sus futuros crímenes una voz tan bestial como la mía.

Omega lee dos cartas de amor escritas una por Beethoven y la otra por Albert Einstein. En este punto se levanta una gran marejada de opiniones por la personalidad machista de los dos grandes personaje de la música y la ciencia. Especialmente Einstein, realmente bochornoso.
Y es que está claro que, una cosa es el artista o el científico y otra el ser humano que hay dentro de nosotros.

María Juristo lee un bello poema de amor que ella clasifica como clásico por el lenguaje empleado en él.  Casi todos coincidimos en su apreciación. Carlos le puntualiza algunas cosas. Como siempre, la crítica constructiva nos ayuda a todos.

La que suscribe esta bitácora les presenta su segundo libro, Para el amor y para el fuego.

Termina nuestra travesía Carlos Yasabe con un poema antiguo pero no por eso menos importante. Siento mi querido Carlos no tener las anotaciones de los comentarios que se hicieron sobre tu poema, -te debo una-.

Espero que esta Bitácora cumpla con los requisitos de esta travesía artística que siempre nos instruye y nos da ánimos a seguir en esta andadura en el arte de escribir; a veces lo conseguimos otras no, pero está claro que lo seguiremos haciéndolo porque una vez que el veneno esta en el cuerpo o te mata o te salva. Espero que a todos nos salve para seguir ayudándonos unos a otros.

Sé que habré olvidado algo o a alguien pido disculpas es mi segunda vez.   

Carta de navegación de ELMARPOETA



Amelia Peco
4 de marzo de 2014