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miércoles, 19 de marzo de 2014

25ª Jornada/VII año: Miércoles, 12 de marzo de 2014


Una tarde en el batiscafo

Por una rara decisión del destino, hoy 9 de abril de 2043 he cumplido 100 años. No me acuerdo de dónde he puesto las gafas, ni con qué finalidad me encuentro a veces en el cuarto de baño, y me cuesta mucho recordar cómo se llamaba esa actriz norteamericana maravillosa de la que siempre anduve enamorado, esa Marilyn no sé cuántos que me ponía los dientes afiladísimos cuando todavía me quedaba alguno.

Pero hay cosas que no se olvidan nunca.
 
Tal es el caso de lo que viví la tarde del miércoles pasado; quiero decir, del miércoles, 12 de marzo de 2014, que fue como si hubiera sido ayer, como si la memoria de los centenarios fuera más caprichosa que las efusiones de una adolescente.

No me daba cuenta entonces, apenas iniciado el declive, de lo fresca que seguía rebullendo la sangre que refrescaba mi corazón. La misma que, por fortuna, lo remansa ahora, cuando ya ha pasado tanto tiempo de aquella época miserable y corrupta, previa al derrocamiento de la monarquía, en la que, sin embargo podía producirse un cónclave “jabonado de delfines”, para gloria y contentamiento de los poetas que allí nos reuníamos.

¡Oh tempora, oh mores..! El lugar de reunión yo lo llamaba El Batiscafo, pues era una sala subterránea acristalada. Si no llegaba la luz del sol, sí la azulada de un imaginario fondo marino por donde discurría la profundidad, el misterio y las imprevistas bancadas de metáforas, enriquecedoras de versos y prosas.

Javier, el capitán Nemo de aquel periplo semanal, acababa de regresar de Creta con un regalo para Aureliano, el patriarca de la tribu, consistente en una estatua donde Teseo luchaba, como el propio Aure, con ese Minotauro que todos albergamos en lo más laberíntico de nuestro ser. Fue el mejor regalo que pudo complacernos a todos, luchadores o no, de aquel cotarro mágico, iluminado por las más encantadoras sirenas que pudieron reunirse nunca en Madrid.

Empezaré hablando de la sirena llamada Paloma Hidalgo, de la que estaba tan enamorado como de todas las demás allí reunidas, y como de aquella Monroe (¡ahora me acuerdo!) que endulzó las horas más ásperas de mi adolescencia provinciana en cálidos y reconfortantes aislamientos… Era una espléndida rubia, la Hidalgo, no la Marilyn, que acababa de cumplir los más bellos cincuenta años que vi jamás.   Tenia un aura adolescente y un leve roce de tristeza en el fondo de sus ojos, pero esa tristeza la desmentía constantemente con una sonrisa tan poderosa que paralizaba el tiempo (la recuerdo y, en efecto, el tiempo ha cristalizado: ayer es hoy).

Paloma abrió sus alas y dejó palabras suyas volando por el interior del batiscafo. Eran de un pequeño relato, llamado Pecata Minuta, donde manos, plata, acero, combinaban su magia sonora, como letras de un cefirot, de diamantina armonía y claras evocaciones sentimentales; de hecho, al otro lado del cristal de nuestro hermético navío, multitud de sirenitas transparentes, del tamaño de un dedal, y cuyos rostros eran singularmente iguales al de Paloma, aplaudieron sin hacer apenas ruido, de manera que algunos tertulianos lo confundieron con los rumores procedentes de la librería del piso de arriba.

Le tocó el turno a continuación a la sirena llamada Isabel Morión, y sin haberlo buscado me ha salido un pareado.

¿Cómo era aquella majestuosa y elegante sirena santanderina, en cuyos ojos intensos refulgían las  tormentas más emocionantes del Cantábrico? Tenía la voz poderosamente femenina de una locutora de los años treinta, una voz sin embargo tierna y sencilla, como las que surgían de las radios galena antes de que una voz de tiburón machihembrado dijera por las ondas aquella obscenidad de “La guerra ha terminado…”

Como si la guerra que siguió a la guerra, que por aquellas fechas cumpliría setenta y cinco años, hubiera terminado alguna vez.

No, no había terminado, sino que se había recrudecido: algaradas, cargas brutales, precariedad, angustia, miedo al futuro… Todo aquello rebullía esa primavera triste, como flores del infierno azotadas por la tempestad, al otro lado del cristal de nuestro batiscafo, a donde no llegaba el ruido de los cascos, cada vez más cercano, de esos Cuatro Jinetes que acompañan siempre al fin de una época.
Con su voz de monja arrepentida, que nos ponía las pilas a todos, Isabel Morión evocó la figura enorme de Caballero Bonald, uno de los pocos poetas resistentes que quedaron en España tras el 39 y que por aquel entonces contaba con ochenta y seis años de extraordinaria viveza.

De su libro “El agua del olvido”, que se presentaría días después, con gran pompa y circunstancia, nada menos que en la cripta del Gijón, enmaderada de arriba abajo como el interior de un barril barnizado, la sirena Morión leyó un poema dedicado a Bonald en el que se decía algo así como que “somos el tiempo que nos queda”. Es decir, que no sabemos lo que somos ni lo sabremos nunca, por más que, como en mi caso, acabemos cumpliendo cien años…

La reflexión filosófica se rompió de modo festivo cuando nuestro ínclito Fenoy, de quien hablaré más adelante -si es que me queda tiempo- dijo con toda sapiencia y seriedad que Bonald le puso los cuernos a Cela. Pese a la carcajada general, no tuvo a bien añadir más detalles.

En esto el Boss Nemo, nuestro no menos ínclito Javier, cambió el tercio y leyó un poema, que calificó de “experimental”, donde Caperucita Roja se esconde tras un carrusel de sabrosas concatenaciones:

“Roba, roca, ropa, roña, rosa, roja, coge, moja, roja, ruge, reja, rija, roja, ruja…”

O algo así, y que el pacientísimo lector me perdone los lapsus debidos a mi centenaria ancianidad, amén.

Pero como la tarde estaba henchida de acontecimientos, ocurrió en aquel entonces la llegada de Aureliano, nuestro Catulo redivivo, sobre cuya lustrosa calva revoloteaban siempre las chispas de un cerebro tan amable como brillante. Y el bueno del Aure nos perpetró un magnífico poema titulado “Universo”:

“Me negabas ayer el universo
y hoy resulta, mi vida, que no es tuyo.
De lo que sólo a ti te pertenece,
Soledad y desengaño.
No me ofrezcas”.

Aureliano, Aureliano, buen amigo, cómo te echo de menos en esta apacible, pero ingrata soledad con la que se me castigan los fervores de tantos años… Pero aún resuenan en mi  monda cabeza tus poemas para recordarme las magnificencias de tu palabra y de tu alma.

Vuelve a perdonarme, lector, esta digresión  inoportuna, que mientras seco una lágrima continúo con el relato.

Y fue que el Boss abrazó al Aure, ante el aplauso general –el Batiscafo se balanceó un poco- y le hizo entrega de la estatuilla mitológica donde un Teseo broncíneo apuñala a un triste Minotauro que, salvo devorar doncellas y donceles, como era su obligación, no se metía con nadie que no se metiera en los jardines de su laberinto. Ante la macarra apostura de Teseo y la doble testuz afilada del Minotauro, no tuve más remedio que comentar sobre la estatuilla: “¡Encima que le pone los cuernos, lo mata..!”

Menos mal que casi nadie escuchó mi comentario.

Pocos días después empezaron a cometerse asesinatos nada mitológicos sino bien reales, y la sangre manchó puentes y calles de este malhadado país; como si el Minotauro, enfurecido por tantos desmanes, hubiera decidido salirse del laberinto, donde estaba encerrado, con los cuernos bien enhiestos. Todos sabemos ya los incendios a que dieron origen estas primeras brasas, pero eso es otra historia.

Que nada tiene que ver, aunque esté inmersa en ella, con la mucho más apacible del Batiscafo.

Hundiose el aparato, con lentitud sedeña, en aguas de más profundos ensueños, cuando Nemo, tras la fervorosa ofrenda al Aure, leyó su poema “Isla”:

“…Llueve sobre el lago,
Invierno, pérdida,
Para que esta lluvia
Siga cubriendo todos los recuerdos…”

Justamente, querido Nemo, te encuentres ahora donde te encuentres: es esta misma lluvia que cae sobre Madrid mientras escribo, aquietando penas y deslumbrando recuerdos, como los de aquella tarde en la que la poesía, una vez más, nos salvó de la barbarie.

María Antonia Copado era otra de las sirenas maravillosas de aquella irrepetible tertulia. Aunque castamente, que era sirena casada, ni la Copado ni yo podíamos resistirnos a rozar nuestros labios a modo de saludo, pues tanto y tan bien nos queríamos. Los ojos de su alma alcanzaban mucho más que los muy bellos de su rostro, de modo y manera que sus ardorosísimos poemas eran leídos por otros contertulios. Este vez le tocó el turno a Carlos, que al principio se autoapellidó Nosabe, y luego Yasabe, él sabrá por qué. Tal vez porque, como buen místico, le alcanzó, por obra y gracia quién sabe si de Juan de la Cruz, esa búdica iluminación que se logra “sin saber sabiendo, toda sciencia trascendiendo…” Así nos las gastábamos los conjurados submarinos.

Iluminado o no, prestó sin embargo sus ojos al poema de la Copado, donde se encontraba la nada, bosque que oculta la memoria de lo que fue. Donde también se hablaba del sueño, huella húmeda, alma tu rostro todo mío…

Uno de esos poemas, en fin, que pese a ser crípticos, están llenos de fervorosas reminiscencias, esas que hacen cosquillas indelebles al corazón. María Antonia, estés donde estés, sabes que te quiero y que mi alma está junto a la tuya.

En cuanto a Carlos Nosé, que Ya sabe, cuyo verdadero apellido era Ceballos, protagonizó una polémica literaria acerca de añadir o restar adjetivos a los dientes que figuraban en su poema curiosísimo y demoledor, como casi todos los suyos. ¿Diminutos y agudísimos dientes, o sólo diminutos dientes? Algunos nos inclinamos por simplemente diminutos, con lo que el poema quedaría así:

“Diminutos dientes
infectando como la lepra
la carne humana (…)
Y la muerte sobrevive al cuerpo,
Sajado con fino estilete
Por innúmeras cicatrices…”

Carne y muerte… O sea, la misma cosa… Mi médico, que es un papanatas, como casi todos, me ha recomendado una serie de mejunjes que, por obra y gracia de mis santísimos testículos, he acabado tirando a la basura. Y entonces, oh milagro, han ido desapareciendo, uno tras otro, todos mis alifafes; o yo he dejado de concederles importancia alguna, que de esta vida nadie sale vivo, sobre todo mucho después de los cien años. Así ocurre porque es la mente la que cura al cuerpo, con sus salutíferos dientes, y yo hace tiempo que le dije a mi mente que me lo preservara hasta llegar a mi feliz decrepitud, siquiera fuese para poder sopesar y degustar, con la perspectiva del mucho tiempo transcurrido, la felicidad irrecuperable de aquella hermosa tarde, como tantas otras, a bordo del Batiscafo.

Y vuelvo a ella, pues tanto me rejuvenece, cuando tomó la palabra el guerrillero Fenoy, émulo del Ché y de Buenaventura Durruti, que era sin embargo de apariencia mansa, aunque de pecho tumultuosamente marino. Y pese a lo revoltoso de sus ideas, tan compañeras de las mías, resulta que se sacó de las meninges un poema soberbio que en nada envidiaba al Cantar de los Cantares:

“Hermosa, ven,
Cuando se enciende la noche
Entro en tu jardín diminuto.
Ven, amada,
Oh brasa que oreas
Tálamos y llamas”.

¿No parece, también, un poema persa, de los inspirados por el sufí Rumí? Ah, maravilla de las maravillas… Mientras afuera la gente se suicidaba por los desahucios, y tanto los semirrojos como los superazules seguían decididos a chupar del voto, a perpetrar sus tropelías, así se desangrase el país hasta la muerte…

Rocío, ay mi Rocío… Puritita canela en rama, y en forma de sirena pudorosa, de las que parecían no haber roto nada en su vida, salvo palabras, para extraer sus esencias evocadoras. Y sí que evocaron, sí, las de su relato sobre alguien que estuvo en la cárcel de Soto del Real, donde podía “chutarse letras en vena”. Palabras, palabras… Pero, así lo dejó escrito, “hay peores cárceles que las palabras”.

Rompo los barrotes de esta cárcel de palabras donde me encuentro, para volar hasta el recuerdo de una de mis sirenas favoritas, la gallega Ana, a la que una vez le di un bico en la boca –con permiso de la autoridad, y dado que el tiempo no lo impedía y el compañero estaba ausente-, porque también la quise, y la sigo queriendo ahora, esté donde esté. Creo recordar que nos leyó aquella tarde un lindo poema, “Ainda”, medio galaico y medio castellano:

“Da miña boca
aún siento que fue mañana
y no ayer…”

También anunció su marcha a Australia, como médico sin fronteras, desde donde nos escribió después mails llenos de encanto y efusividad. Ana: cómo olvidar las cenas majestuosamente gallegas a las que nos invitabas en el jardín de tu ático, cómo, así pasen mil años, borrar de la memoria esa risa tan enriquecedora que no encuentro adjetivos para dibujarla, esa vitalidad cuya descripción llenaría páginas y páginas en una novela de Balzac… Eras musa principal, y poema viviente, del Batiscafo. Cuánto te echamos de menos desde que decidiste marcharte a los antípodas y yo te recomendé que caminaras allí con mucho cuidado, no fueras a caerte bocabajo…

Hete aquí que tomó luego la voz recitante Juan Carlos, el poeta que era más amable que un jardín brotado en medio del Sahara. Y de la voz del poeta surgió su poema “El Cometa” (éste también pareado, pero buscado):

“Lanza al cielo la antorcha del asombro,
vibran los planetas
en la ancha libertad que alberga tu pecho…”

En el nombre de la libertad no se cometían crímenes (como los de afuera del Batiscafo), sino poemas estupendos, como los de la sirena Alma, experta buceadora en aguas serenas y reidoras, en compañía de palabras que tremolaban con la Senyera o con el rojo y albero de la hispánica, que por igual la acompañaban en dulce danza de peces como labios:

“A veces el agua olvida los cauces,
llueve a carcajadas en ritmos transparentes…
¡Es tan intenso el no ser!”

El poema se titulaba “Arabesco del agua repensando su curso”, y eso es la vida cuando regresa a sus primeras orillas, eso es la cada vez más precaria memoria en la que, sin embargo, se clavan  momentos indelebles que dan sentido a todo transcurrir.

A continuación leí yo, no me acuerdo qué, y luego vino Alberto y nos contó cosas de su agridulce viaje a la India, de Bombay, caótica, ruidosa, sucia, contaminada, de Madurai donde encontró una paz relativa en el asram donde se alojaba, de que las castas siguen funcionando… En el corazón de aquel infierno, sin embargo, sigue existiendo la felicidad, que no es otra cosa, aprendió en la India, que la persecución de la belleza y la persistencia de la esperanza.

Parece que no le sentó nada bien el periplo hindú a este soberbio novelista, que escribe mientras sigue buscando su lugar en el mundo, pero pronto se recuperó.

Cinta, la sirena Cinta, cuya rotunda belleza estremecía los cristales del batiscafo tanto como su sonrisa interminable, como sus ojos del más hermoso color indefinible que viera nunca. Cinta, digo, leyó su poema “Nómadas”, del que recuerdo “El desierto renace en plena noche oscura”.  Extraño y sugerente semihaiku cuya imagen poderosa me recuerda –ah, memoria, a veces tan grata- las noches de luna llena a bordo de ese mar infinito que es el Sáhara…

Juan Antonio, que en el fondo era un cachondo de mucho cuidado, tuvo la amabilidad de leernos algo indefinible, pero que moló mogollón, titulado (y dale con el pareado) “Nuestro Cabezón”. Se refería a la estatuilla de los Premios Goya y hablaba mal del ministro de Cultura de turno y de otras simplezas tan características de aquella época, en la que los lerdos mandaban a los cultivados y el Iva de los bienes culturales había subido, como las almas puras, hasta alcanzar cielos inaccesibles a las por entonces miserables economías de la mayoría de los ciudadanos. Menos mal que después de aquellos tristes años pasó lo que pasó.

Con la sirena extremeña Amelia Peco fui una vez al cine, y antes de que empezara la película le propuse que nos hiciéramos “hermanicos de sangre”: había que sajar un poco las muñecas para que nuestras sangres se mezclaran. En vez de eso, y para evitar el dolor, nos las apretamos entre el índice y el pulgar, para hacernos un poco de daño, y no juntamos las sangres sino el pequeño sufrimiento mutuo. Ese ritual nos ha unido amistosamente, aunque no nos veamos casi nunca. Yo se lo agradezco mucho, pues al ser hijo único siempre he añorado una hermana.

Pues mi hermanica de sangre, aquella memorable tarde en el Batiscafo, citó una cita de Voltaire que encabeza o aparece, no me acuerdo bien, en un libro de Martín Vivaldi: “Una palabra mal colocada estropea el más bello pensamiento”.¡Tenedlo siempre en cuenta, oh poetas amigos de abundosos adjetivos: menos es más!

Pido perdón, posiblemente póstumo, a los no citados, que ya fueron pocos, pero es que me he cansado de escribir, y no quiero convocar a Caronte todavía, y menos por fatiga dactilar frente al ordenata.

Menos da una piedra.

Y paso a paso, piedrita a piedrita, acabamos derrocando los David populosos la tiranía de Sansones coronados, como todo el mundo sabe. Que menos es más, pero cuando los más se juntan no hay menos que lo resistan.


Deo Gratia.

José León Cano
21 de mayo de 2014

martes, 18 de marzo de 2014

24ª Jornada/VII año: Miércoles, 5 de marzo de 2014

 Ariadna, Teseo y el Minotauro


Reunidos en torno a dos mesas varios Rascamantes lloran en La Livrería la ausencia de su Teseo, Javier Diaz Gil, quien les dejó días atrás para guiar sus pasos por un peligroso laberinto cuyo interior esconde un monstruo antropófago. José León, Paco Fenoy, Juan Antonio, Rocío, Alma Pagés, Cinta, Carlos Yasabe y David, lloran y meditan si lo que impulsó al poeta a aventurarse en tan riesgoso viaje no fue sino la tardanza en presentar sus trabajos para la antología Rascamanera.

¿Habrá vuelta atrás?, se preguntan, ¿una segunda oportunidad? ¿Desandará Javier el camino recorrido? ¿Dónde está la salida…?

Los Rascamantes lloran por los tiempos en los que Javier-Teseo estaba con ellos, pero también por aquellos en que los barrios de las ciudades no eran dédalos sino pueblecitos donde todos se conocían y todos cuidaban de todos. ¿Lloran por los tiempos pretéritos o lloran por los actuales, tiempos caníbales dominados por un individualismo de cuerpo humano y cabeza taurina, tiempos en los que la solidaridad ha dejado de ser norma para convertirse en excepción heroica?  

Da igual, es lo mismo: los Rascamantes lloran, y punto. El clima es propicio. Y por culpa de ese llanto desconsolado han levantado su propio laberinto, construido con los kleenex que han ido depositando sobre las mesas.

Para aliviar la pena los Rascamantes deciden leer. Quieren convertir en presente tangible tiempos que sí, es cierto: fueron mejores. Es la manera de exorcizar sus Minotauros, no conocen otra. Inicia el rito redentor el poeta Paco Fenoy, que lee a la afligida concurrencia una crítica a su último poemario, escrita por Milagros Salvador, publicada en una revista. En ella, Milagros habla de la intensidad y de la densidad de los mensajes fenoyeros. Después, Paco lee un poema fechado en el año 1990 (¿tiempos acaso mejores…?), inspirado en la figura de Rafael García Calvo. Dejo constancia aquí de varios versos:  

Y como siempre extraños / a los presentes nuevos vientos / que nos vienen cercanos / ajenos a lo vivo / para nada nos sirven / los sabios y los poetas.

Una vez más, la poesía cumple su función terapéutica. Lo demuestra el ánimo rehecho de los Rascamantes, quienes enjugan sus lágrimas y se atreven incluso a sonreír; parecen mejor de lo suyo, tras aludir a otro mito y sugerir un relato que tenga por protagonista a un Sísifo aquejado de piedras en los riñones, lo que rebajaría su condición mitológica a la categoría más dolorosa de ser mortal. 

La segunda Rascamante en leer es Rocío, que hoy anima a los oyentes no con un relato propio, sino ajeno. Su autor es Fernando León de Aranoa, director y guionista de cine. El relato se titula “Mi Waterloo” y pertenece a su libro “Aquí yacen dragones“. Los Rascamantes escuchan atentos y, al terminar, reconocen la capacidad narradora del autor, valoran su originalidad y ensalzan la raíz lírica de su prosa

A continuación, interviene Cinta para recetar a sus compañeros una lectura anti-tristeza. (Y, ¿cuál no lo es, me pregunto, excepción hecha de los periódicos…?) Se trata de la novela “Mil soles espléndidos”, del escritor afgano Khaled Hosseimi. Cinta lee un fragmento que contiene la semblanza que un personaje hace de su padre. La descripción demuestra a los Rascamantes que la memoria puede elevar a materia literaria el recuerdo de los seres queridos, pero también al hecho incontrovertible que lo provoca: el vacío que nos dejan. Al que esto escribe le emociona profundamente el fragmento.   


Cierra el turno de lecturas el Rascamante Carlos Yasabe. Carlos recita un poema y ofrece un extraordinario verso para la reflexión:

Amamos la longevidad para amar la maravilla.


Los Rascamantes confían en que Javier, su Teseo, regrese algún día victorioso. Y así como Pinocho escapó de las entrañas de la ballena, y los siete cabritillos hicieron lo propio de las de un lobo feroz, escape él al hambre voraz y milenaria del Minotauro. Para tal fin, ofrecen sus sacrificios, que tendrán la forma de relatos y poemas enhebrados con finísimos pero irrompibles hilos de Ariadna. Y esperanzados, se dirigen por el sendero que les llevará a la salida. 


David Lerma Martínez
17 de marzo de 2014

jueves, 13 de marzo de 2014

23ª Jornada/VII año: Miércoles, 26 de febrero de 2014

Zarpa el ELMARPOETA


El barco está listo para zarpar, son las 17,30 h. Se prevé mar en calma; los pasajeros que faltan irán subiendo a bordo en los puertos que iremos visitando a lo largo de esta travesía por la costa.

Nunca faltan poetas que suban a este barco; que esperen impacientes en el embarcadero la llegada del ELMARPOETA. Nuestro barco es de vela, grandes velas donde vamos escribiendo nuestro versos, relatos…, historias salpicadas, a veces, por el agua.

Comenzamos en el único camarote que tiene este barco; no es demasiado amplio pero es íntimo y adolescente y viejo; tiene sabor a edad y a juventud y a sal.

El capitán nos avisa del retraso y comenzamos abriendo nuestros cuadernillos, otros sacan sus folios.

En el centro de la mesa hay bombones, ha sido el cumpleaños de Paloma y quiere que endulcemos nuestra boca y nuestros sentidos.

Llega Cinta con otra hermosa caja de bombones, también ella cumplió años la semana pasadas. Entre estas dulzuras y nuestros pliegos comenzamos la tarde en el ELMARPOETA.

Comienza León con un bello poema amoroso en honor –dice él- a San Valentín: /te bautizo de música, te quiero…)/desde mi incólume acero yo te quiero.

Javier, el capitán de ELMARPOETA, nos lee “Desde lo ingrávido”. Es lo que está escribiendo actualmente: /sobre el aire no se han dado cuenta caminan los viajeros…) /es extraño que nadie sea consciente…)

Surgen los primeros comentarios reflexivos que solemos hacer:

Paloma Hidalgo comenta que, /Somos Víctimas vulnerables/
La observación de Cinta es que /cada uno arrastra su propia maleta.
Otra Paloma: esta recién operada y ha venido a vernos cojeando, ¡ole por ti Paloma! /ve en el poema una especie de rebeldía...entre otras cosas.
Eunice, /bendita imaginación/
Omega, /es tomar consciencia de todo lo que nos rodea.
Javier como autor nos explica su sentimiento, /estamos demasiado sujetos y hay que perder el miedo a soltarse.

Turno de María Antonia Copado. Nos ofrece un poema amoroso, lo lee Javier.
/desde este rincón mío enmohecido…) /Te amo todavía…) /podía haber sido feliz pero fui desgraciada…).

Hay discrepancias –para Omega tiene garra. A Paloma le resulta bello.

Paloma Hidalgo, una de las cumpleañeras, lee a la concurrencia dos relatos que le han publicado en una Revista Cultural Chilena, “Verbo Desnudo” : Lecciones de amor y Secretos del amor, este último parece que es el más ha gustado. Habla de una pareja que cada uno esconde los problemas al otro para no hacerle sufrir.

Rocío nos lee un relato que aún no ha terminado. Es de suspense. Una persona recibe una cajita, al abrirla hay un dedo con un anillo puesto… ahí queda la incógnita. Hay personajes con manos vendadas. Todo esto deriva en la guerra civil española; en la división azul.

Cinta nos presenta un poema escrito sobre una radiografía, es un poema profundo lleno de filosofía. Nos gusta la estética de cómo lo presenta.

            Llega el turno de Paco Fenoy; nos presenta el primer capítulo de su novela.  La mayor parte de los que allí estamos coincidimos en que escribir una novela es un entramado que hay que saber armar de forma concisa, viene a ser lo mismo que construir un edificio y conseguir que no se caiga porque los cimientos y la estructura son firmes.

Yo digo tenemos que aprender de los grandes maestros de la literatura, o al menos intentarlo.

Italo Calvino desarrolló a lo largo de su vida una detallada y variada reflexión sobre el hecho de escribir sumamente aprovechable en la práctica de todo escritor. En su libro póstumo, Seis propuestas para el próximo milenio, se publican algunas de sus reflexiones acerca de las condiciones para que la escritura creativa sea más rica. Dichas condiciones son:
1/Levedad: Levedad se asocia con precisión y determinación, no con vaguedades.
2/Rapidez: implica economía del relato. Si se trata de peripecias, aconseja narrar lo más esencial.
3/Exactitud: se refiere al diseño o la organización de la obra, que debe ser bien definido y calculado. Para ello, reducir los acontecimientos contingentes.
4/Visibilidad: Partir de la palabra para ir a la búsqueda de la imagen visual, y no al revés, es lo que Calvino aconseja.
Pasando a otro maestro de la literatura: Flaubert dormía con el diccionario de la Academia y con la Gramática bajo su almohada. Sus premisas a la hora de escribir eran: Claridad – orden – armonía y ritmo de la frase – reescritura. Faubert para conseguir esas frases exactas corregía hasta la tortura. Sus borradores parecían campos de batalla.
·         Zola hablaba de la Composición Arquitectónica.

·         Y termino con Edgar Allan Poe, que decía “Para que un plan merezca el nombre de tal debe haber sido cuidadosamente elaborado con el fin de preparar el desenlace antes de que la pluma se pose sobre el papel”. Yo digo que aprender de los grandes es nuestro reto si de verdad queremos dedicarnos a este arte sumamente complicado como es escribir.

Aureliano nos lee un bello poema de temática mitológica. Es un poema desnudo de florituras, yo diría que lleno de purismo, todo es conciso, nada sobra en él. /le dice el Minotauro a Teseo: /Cuando los dioses quieren favorecer a un hombre le otorgan una voz como la tuya/cuando quieren perderlo por sus futuros crímenes una voz tan bestial como la mía.

Omega lee dos cartas de amor escritas una por Beethoven y la otra por Albert Einstein. En este punto se levanta una gran marejada de opiniones por la personalidad machista de los dos grandes personaje de la música y la ciencia. Especialmente Einstein, realmente bochornoso.
Y es que está claro que, una cosa es el artista o el científico y otra el ser humano que hay dentro de nosotros.

María Juristo lee un bello poema de amor que ella clasifica como clásico por el lenguaje empleado en él.  Casi todos coincidimos en su apreciación. Carlos le puntualiza algunas cosas. Como siempre, la crítica constructiva nos ayuda a todos.

La que suscribe esta bitácora les presenta su segundo libro, Para el amor y para el fuego.

Termina nuestra travesía Carlos Yasabe con un poema antiguo pero no por eso menos importante. Siento mi querido Carlos no tener las anotaciones de los comentarios que se hicieron sobre tu poema, -te debo una-.

Espero que esta Bitácora cumpla con los requisitos de esta travesía artística que siempre nos instruye y nos da ánimos a seguir en esta andadura en el arte de escribir; a veces lo conseguimos otras no, pero está claro que lo seguiremos haciéndolo porque una vez que el veneno esta en el cuerpo o te mata o te salva. Espero que a todos nos salve para seguir ayudándonos unos a otros.

Sé que habré olvidado algo o a alguien pido disculpas es mi segunda vez.   

Carta de navegación de ELMARPOETA



Amelia Peco
4 de marzo de 2014

domingo, 23 de febrero de 2014

22ª Jornada/VII año: Miércoles, 19 de febrero de 2014


Calderón de la Barca

Sólo el silencio testigo
ha de ser de mi tormento
y aún no digo lo que siento
en todo lo que no digo.
(Así hablaba Calderón)

*

Nos reunimos como cada miércoles en el café LIVRERIA, lugar que cobija a los contertulios que van llegando “perezosamente”.

Van ocupando las sillas: Rocio, Cinta, León, David, Carlos, Mª Jesús, Ana y Aureliano.

Comienza Cinta, como siempre con su expresividad y sentido critico siempre positiva jamás agresiva. Nos comenta que trae tres temas, le indicamos que el relato lo deje para el final.

Uno de sus poemas es muy divertido, es una crítica muy bien hecha a Rajoy, el segundo es más lírico.

Carlos que esta tarde viene con el deseo de ejercer de profesor, comienza a con su sapiencia habitual… Hace comentarios muy útiles sobre las temidas asonancias, pueden ser más fuertes, más débiles… Promete enviar la lección al grupo. Deriva la conversación en las formas más clásicas de la poesía, esas que nos viene del siglo de Oro. (Me recuerdo de un poeta aragonés Jesús Esteras, que domina la posía clásica como demuestra con Premoniciones, un poemario-río de 600 versos escrito en liras, prometo llevarle el libro a Javier).

Le toca el turno a Javier, nos lee unos párrafos del libro: Amanece que no es poco, muy divertidos. Todos recordamos la película, pero no todos hemos leído la novela. La película es un clásico de nuestro mejor cine.

Rocío relatista original que siempre nos sorprende en esta ocasión nos lee: El extraño grupo de piel fría. El titulo ya es sugerente… Nos habla de la lucha de un grupo de marginales muebles urbanos que presienten los van a quitar del lugar que habitan hace años porque el ayuntamiento quiere hacer una rotonda y ellos estorban, como es natural no quieren separarse, forman una familia muy unida y aquel espacio ES SU CASA. Me provoca mucha ternura el buzón de cartas que en estos tiempos apenas se usa. ¡Con lo bonito que es recibir una carta, una tarjeta, de una persona amada!...

El final del relato no nos convence mucho, pero el tema es muy original. Seguro que Rocío va a sorprendernos con un final digno de este relato.

León inicia un cuento titulado: El hombre de madera. Hace un paralelismo con una historia del siglo XV. Era un hombre de madera pero no tenia nada que ver con Pinocho. La historia tiene mucho interés, nos tiene en vilo hasta el final. El autor tiene un encuentro con el personaje y lo cita en la puerta principal del Retiro a las once de la mañana de un día cualquiera, León lleno de curiosidad acude a la cita puntualmente, espera hasta cansarse y el hombre de madera faltando a su palabra no acude a la cita. Nos cuenta que se desencadena una tormenta, este hecho hace que el relato sea más intrigante. Pasa un tiempo y un dia se sube al bus 46, cuál no seria su asombro al observar que los ojos del conductor son los mismos que los de el hombre de madera, ojos sin expresión fríos como el cristal, unos ojos que dan pavor… La historia acaba aquí, el relato muy bien construido nos tiene a todos pendientes de su desenlace. Personalmete tengo que decir que me provocó un escalofrío.

Creo que en la realidad existen muchos seres como el personaje que nos ocupa, no sabemos muy bien de donde proceden… Pero te encogen el alma.

Es mi turno. Prometí llevar una selección de cartas de Lorca que compré en mi reciente viaje a Granada. Leo una carta de amor a Eduardo Rodríguez Valdivieso, carta que no tiene desperdicio, está llena de ternura y pasión. Entre sus párrafo le dice: ”Si tu rechazas mis sentimientos ellos como patitos asustados vendrán a buscar las amargas aguas de mi realidad”… Es una queja de amor tan llena de ternura que pienso que de ninguna manera pudo ser rechazado por Valdivieso. ¿No os parece?

Tambien la cuarteta de Calderón con la que inicio esta bitácora me parece una joya que viene muy a cuento en el contexto de la carta. Lorca desprende un duende con la pluma incomparable. Leo mi último trabajo, un poema que está lleno de dolor: Solo una palabra sencilla y bisílaba. Poema recién hecho tal cual sale del corazón, Carlos me hace unas correcciones técnicas que acepto gustosa, hechas las cuales el trabajo ha quedado redondo, listo para ser publicado próximamente en el Agua del Olvido.

Carlos nos comenta su experiencia en Luba a pocos Km. de Malabo. Ha vivido en este lugar dos años, nos cuenta cómo cambió su mentalidad en este tiempo, mitad africana, mitad europea. Nos habla del pensamiento de este pueblo lleno de magia, de amor por la vida sencilla, muy contrario al pensamiento europeo, lleno de ambición, prisas, consumismo… Me parece una experiencia muy enriquecedora. Nos habla del poeta Benjamín Prado.”En mi sótano hay lobos que mastican la aurora”… Sin comentarios.

Es el turno de Maria Jesús. Lee unas bellas reflexiones: “Cuando despertó estaba en huelga de hombre”. “Se llamaba parca y provocó el accidente en la nieve”. Me gustan muchísimo.
Es turno de Ana González y de Carmen pero no da tiempo a escucharlas.

Es la hora de irse, han pasado tres horas en un pispas... Una tarde llena de interés, de calidad y variedad de temas. Una tarde de aprendizaje bien vivida entre compañeros interesantes.


Isabel Morión
23 de febrero de 2014



martes, 18 de febrero de 2014

21ª Jornada/VII año: Miércoles, 12 de febrero de 2014


LOS ALARIFES 
(la bóveda mágica de los libros)


Hoy nos reunimos en la nueva sede de los Rascamanes, “LA LIVRERÍA”.

¿Seremos los alarifes de este nuevo espacio? Seguro. Estamos protegidos por la bóveda mágica de los libros. Y nos disponemos a crear un nuevo ámbito, ese que se cohesiona con la palabra.

Paloma Hidalgo comienza poniendo la arena fina de su “MONSIEUR”. En el relato brilla el broche para mamá del protagonista, acabando con su historia de amor truncada con la escaparatista. En otro relato, con argamasa gruesa, aparecen el Calvo y la Gorda, la marionetas de un teatro ácido.

Cuento los peldaños de AMBERES,  donde Bolaños deslumbra al lector con su pértiga sobre el vacío entre la poesía y la realidad sórdida.

Javier comenta TODO LO QUE ERA SÓLIDO, y Muñoz Molina nos aturde con su ruido de piqueta. ¿Se derrumba España? El escritor revela que cada vez que sale de ella, lo hace con alivio, por la involución que encuentra aquí cada vez que regresa. (Paloma Hidalgo, que viaja frecuentemente a Nueva York, afirma que hay cambios equivalentes también entre los rascacielos).

Isabel Morión, en CITAS CON LAS GENTES DEL MUNDO proclama la importancia de ventanas abiertas, incluso en medio de tradiciones seculares, como la tamborada de Calanda, al encontrarse con gentes de todos los países. Buñuel y los melocotones construyen el marco de sus miradores. Y Benedetti nos recuerda en su poema el tiempo vivido y sus huellas.

Aureliano que nos trae siempre piedras griegas de sus viajes a Itaca, en el encuentro de Minotauro y Teseo, impregnado de oscuros deseos, diseña la habitación secreta de cortinas prohibidas.

Paco Fenoy, con su poema JOB construye una sinagoga, resuena la paciencia y la belleza de las piedras judías.

Y como nuestros edificios se iban, poco a poco, volviendo demasiado solemnes, Rocío lanza su TRES MURCIÉLAGOS DE QUINCE, colgados de las espalderas de su gimnasio ideal, toda una reflexión sobre el lenguaje, el contenido y el continente abracadante de tres héroes del sexo adolescente. Las risas han estado a punto de desmoronar la pirámide libresca que nos alberga.

Federico Monroy con su azulejos incas, nos traslada al lenguaje de Lima, con la fonética y la toponimia. El oro peruano de CARTAS PERUANAS nos deslumbra, una vez más.

La plomada de José León nos guía, desde CONTRA LA INFAMIA, hasta su OFRENDA FINAL, ese cofre vacío, en la estancia de los tesoros, una metáfora quizá, del comienzo de otro ciclo.

La celosía de María, siempre jugando con la luz y la sombra, exhibe la delicadeza de su HALLÉ.

La voz de Cortázar nos acompaña...

Alma y Ana nos hablan de la fluidez de las aguas, naturaleza incesante, eternidad que nos salva del recuerdo doloroso, y la locura de las olas. Cada una con los sortilegios que emanan de AGUA, fuente incesante, y ONDAS, nostalgia de espumas equivocadas.

Amelia en el TREN QUE IBA, PERO QUE NO VOLVÍA, se desliza por una estación con reflejos de los hechos cotidianos, que nos salvan de los duelos.

Nuestros alarifes, maestros, arquitectos, alquimistas, pintores y forjadores son:


JAVIER, ROCÍO, PALOMA HIDALGO, AURELIANO, ISABEL, JOSÉ LEÓN, DAVID, FEDERICO, CINTA, JOSE MARIA, LEO, ALMA, MARÍA JESÚS, ANA, AMELIA, MARIA.


Cinta Rosa Guil Redondo
14 de marzo de 2014

miércoles, 12 de febrero de 2014

20ª Jornada/VII año: Miércoles, 5 de febrero de 2014

La Tertulia Rascamán inicia una nueva etapa 
en La LIVRERÍA, Madrid.

Iba yo camino de la “Livrería” cuando me encuentro a mi paisano y nos ponemos a hablar en fenoyés (conversación censurada acerca de algunos inconvenientes de la vejez), pero llegamos enseguida, yo vivo a 5 minutejos del nuevo sitio, y después, en cascada amistosa, llegan los/las demás… aunque se echa en falta a Copado, a Federico Trillo, a Carlos Yasabe y a algunas etcéteras más. El sitio encanta a todo el mundo.

Nos bajamos, colocamos las mesas y un servidor, para inaugurar, porque he llegado el primero, cuento mi anécdota tontigrosera: “Estaba yo este verano departiendo con el albañil, (al que la mujer le había puesto cuernos) y llegamos a la conclusión de que “cuando una mujer te pide el divorcio, es que tiene otro”,  y más: a la conclusión de que “las mujeres son unas H. P….”Pero, claro, yo  me acordé de Rocío y me dije rápidamente “Ay, no, Rocío, no” y la saqué de la lista. Inmediatamente después me acordé de Ana González y la saqué también. Y a continuación fui sacando a todas las contertulianas y a muchas más…Yo creo que saqué a todo el mundo, excepto a:

-         La Católica
-         La Collares
-         Y a la h. p…ísima de mi vecina.

Nieves Pulido, poeta.
El Boss nos presenta a la nueva, flamante adquisición (no sé si ocasional o si volverá, ojalá vuelva): fisionomía interesante, aunque no va maquillada (¿antes sencilla que muerta?): Nieves Pulido. Ella y Javi comentan que un grupo de poetas se reúnen en el café “Ajenjo” una vez al mes y publican la revista “Conversos”.

Después planteo una duda tonta: ¿Sepais o sepáís?   Pues es “sepáis”, con acento, (ver explicación en un manual de gramática española) lo cual me viene muy bien, me salen las 7 sílabas que yo necesito.

Leo unos poemas cortos del ciclo minotaurense que me traigo entre manos y a la gente debe parecerles bien porque nadie dice nada…Yo digo siempre que mejor es que te critiquen los amigos, que no los enemigos (el que los tenga, yo no tengo enemigos, no soy lo suficientemente importante para tenerlos).

Lectura de nuestro querido Paco Fenoy, poema directamente traducido del idioma fenoyés. Tiene ya algunos años (el poema, no Paco, no sé qué crema se ponen estos almerienses para no tener arrugas), “A donde tú estás”. Javi subraya la parte evocadora del poema y aconseja suprimir la introducción.

Nuestra brillante narradora (a quien Paco y yo vimos dar vueltas en el barrio tratando de aparcar, se me olvidó contarlo), Paloma Hidalgo, lee un relato con otro título, pero nosotros le aconsejamos “El cofre”. El boss le hace algunas observaciones (no insistir demasiado en lo negativo de la vida de la prota), pero en general gusta bastante. Yo personalmente pienso que está bien construido y tiene interés, que el ambiente rural está muy bien reflejado…

La Bienpremiá Rocío, (Roci para los muchos amigos) lee “El estribillo de la despedida”.

(¡Ah! También se me había olvidado contaros que en la pequeña sala de exposiciones del local hay una muestra de pinturas de La Chunga, puro naif, mucho salero).

Y de repente ¿es el taconeo de La Chunga? El techo vibra por los golpes…

Pero La Chunga bailaba descalza… Son unos niños que juegan en la sección infantil y sus golpes nos caen encima.

El relato de Roci es, cómo no, interesante. Juega con el sí/no amoroso…mantiene el interés.

Nuestro pedagogo Juan Antonio lee “Huellas del año 13” (En ese momento baja “el dueño” y se disculpa por las descargas infantiles. Dice que San Herodes está de vacaciones, pero que estamos seguros.

Hay que ver qué buena pasta tiene Juan Antonio para aceptar correcciones. Le aconsejamos  que cambie el título del poema a “Huellas, 2013”.

Fenoy dice que Mandela no suprimió de la Constitución de su país algunos artículos “dictados” por los americanos, por ejemplo, en lo relativo a la represión de la huelga de los mineros…

Juan Antonio, Paloma y Amelia hacen mutis por el foro.

Cinta Rosa lee “Digo distancia", poema al que Fede le pone un pero y Roci dice que “el ritornello se le queda colgado”.

Javiboss recuerda una entrevista a Eloy Tizón en la que dice este autor que manda siempre sus textos a los amigos para que le corrijan y se cita la frase que demuestra que todos los escritores son humildes: “A mí en humildad no me gana ni Dios”.

Llega Carmen Fron y Fede lee un poema, “Se rompe una urna”. León aconseja replantearse el principio del poema… ¿Aguantará el techo los golpes de los infantes?

Javi cita un poema de Nieves Pulido, “Loto”: “Nuestro amor durará 10.000 años,/ nada es para siempre”.

León ruge 3 haikus. Carmen Fron lee un pequeño relato sobre gatos. Yo le encuentro muy sugerente, misterioso, logrado.

Nieves lee  de “Grandes éxitos”. 
Su poesía es esencial. Nada sobra en ella. Certera. La difícil sencillez. ¡¡¡¡¡QUE VUELVA!!!!!

Nieves habla de Ada Salas, de su magisterio y de otro maestro-poeta español, Vicente Haya.
Por último Nieves lee algunos haikus suyos, de los cuales anoto:

Un papelito
revolotea en la orilla,
casi una mariposa


Y se levanta la poéticoprosista sesión.


Aureliano Cañadas Fernández
6 de febrero de 2014







CODA: Algunas imágenes de nuestro primer día de la Tertulia en su nueva ubicación en la LIVRERÍA, c/ Martínez Izquierdo, 9. Madrid. España