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lunes, 11 de noviembre de 2013

8ª Jornada/VII año: Miércoles, 30 de octubre de 2013


1. Bitácora  inconclusa de la Resurrección de la Carne
por José León Cano 

-Amados amadísimos –entonó el abad en humilde falsete-, ¿acaso las tentaciones no son tan hijas de Dios como las avecicas del campo?  ¿Quién dijo que fueran cosas del Diablo, o que el Diablo no fuera cosa de Dios?

Hubo un murmullo de aprobación en aquel inusual convivio, formado por monjes y monjas un tanto montaraces.

-¿Por qué, entonces –prosiguió- tenemos aherrojadas a esas dichas tentaciones, en vez de darles vuelo para que probemos, frente a ellas y frente al ímpetu de las carnes, la fortaleza de los espíritus?

Una sor sonrió en sordina.

 -Pensad, hermanos, reflexionad hermanas –continuó fray León de la Santa Compaña, esta vez con la voz más engolada, y con un breve matiz de pimienta que recordaba el timbre de los abates dieciochescos-, reparad todos no sólo en la brevedad de la vida, sino en que la pasamos tan ricamente a cubierto de sus tormentas en estos claustros espesos donde florecen, sí, las virtudes cristianas, pero se agostan esos inocentes vicios que la hacen soportable y hasta gozosa, como el primer vaso del vino otoñal…

Y dicho esto, fray León, escudándose en el catarrazo de caballo que lo consumía, se echó al coleto un vaso de aparente leche caliente que, sin embargo, enmascaraba los mil dragones de un poderoso coñac.

La beata concurrencia, reunida en el refectorio de la abadía de San Ruiz de las Calzas Verdes –donde los hermanos cocineros cobran tan caro sus míseras colaciones-, tenía los dedos entrelazados sobre la mesa y los ojos bajos, acatando las palabras abaciales con la unción propia de su monacal recato…, pero una mirada más atenta hubiera descubierto, en el rictus de sus bocas, expresiones de mal disimulada lascivia, esas mismas que preceden a solitarias prácticas en la más celosa intimidad de las celdas, cuando no a encuentros cautelosos en la tercer fase. “Porque –pensó sor Cinta Rosa de las Aparecidas con buen criterio- la jodienda no tiene enmienda.”

El ya crudo octubre enfoscaba los aires de la tarde como un mal presagio invernal. Pero allí estaba, presidiendo y calentando el beato cotarro, nuestro reverendísimo y amadísimo obispo, Dom Javierus de la Buena Mitra, cuya proverbial campana, destinada a poner orden y recato cuando las aguas pretendían salirse de los cauces canónicos, guardó sin embargo un facundo silencio durante toda la sesión, como implícito plácet a don Carnal, sin cuyos escarceos y cuchufletas no tendría sentido alguno su sucesora y matadora, doña Cuaresma.

“Qué maravilloso invento es el pecado –murmuró entre dientes el más volteriano de los cofrades, el hermano Franciscus Fenoy del Perpetuo Socorro-: nos prohíbe el goce y, al tiempo, nos sahumeria con el humo ilusorio de goces sin cuento en la otra vida. Razón puede que tengan quienes maldicen que vendemos humo a precio de oro… Si al menos fuera de marihuana…” Pero Dom Javierus le mandó silencio.

Y así pudo continuar fray León su perorata, a garganta cascada por el resfrío, concluyéndola de esta guisa:

-Demos, pues, libre curso a lúbricos pensamientos; pero hagámoslo de modo y manera que la belleza de nuestros verbos los purifique y eleve a las puertas místicas; del mismo modo que, si los arrebatos teresianos procedían de la indomesticable carne de la santa, eran sin embargo el motor de sus ascensiones y levitaciones paradisíacas.

-Así sea –confirmó nuestro bienamado obispo- y comience el debate sensorio la amabilísima hermana sor María Antonia del Copo Celeste, por ser la primera que acudió a nuestra convocatoria.

La susodicha sor se desnudó de tocas, acarició sus áureos cabellos con santa coquetería, y cargando de arrebatadora malicia sus bellos ojos negros oscurísimos, dijo:

“Corazón, no jadees
porque el deseo te acucie.
Primero devoro tu boca;
Después aprieto mi cuerpo a tu sexo,
Terso y excitado,
Y también me lo como…
Gocemos hasta que no quede una sola gota
De esperma en tu miembro enhiesto…”

Hubo risas y múltiples gorjeos, como de palomas y palomos arrebatados en exiguo palomar. Porque poema, aquello era poema, pero tal vez demasiado indirecto, demasiado polisémico, demasiado oscuro…, tal vez al objeto de que cada cual pudiera entender como quisiera sus abstrusas palabras. Que la poesía es buena o mala, tanto si se entiende como si no.  ¿Aquella se entendía tanto que no había manera de entenderla, o a la viceversa? En cualquier caso, corroboró divertida la asamblea, la de nuestra beata compañera era buenísima.

Alguien habló, haciendo exégesis del poema, no se sabe si de la importancia de los tamaños o de si los tamaños no tenían importancia. Y se cedió la voz y la palabra a sor Cinta Rosa de las Aparecidas, quien, renunciando a hábito alguno, lució su espléndida belleza en oscuro traje secular, y dijo:

“Navego en el mar de tu saliva
y el barco bronco de tu mástil
me aprisiona, pirata;
pirata tú. Yo la cautiva”.

El humilde cronista, que para todo servía menos para escribir de oído, pues los tuvo algo chungos, no certifica que fueran exactamente así las palabras de la bella hermana Cinta, pero sí muy parecidas, pues la de las Aparecidas siempre habla alto y claro, y no fueron nada necias sus palabras, por más que los oídos fueran algo sordos, y siempre queda en el caletre, y en la péñola, algo de la verdad de lo escuchado.

Escuchado y alabado, con justicia, por la docta y santa concurrencia, que le dedicó enfervorizados parabienes.

Que también los recibió otra de nuestras espléndidas cofrades, la beata madre Isabel Morión del Esclarecimiento Divino, con versos de incontestable claridad, aunque un tanto heterodoxos, pues afirmaba que, “si el cielo no es lo que es, si todo está aquí, disfrutemos, por si acaso”.

Y disfrutaron, vaya si disfrutaron, resarciéndose así, aunque castamente, de las penurias, estrecheces y prohibiciones de largos años de enclaustramiento… ¡Oh, santísima Libertad! ¡Qué pocas veces recibimos los humanos tu sagrada hierofanía!

La novedosa expresión poética de sor María Antonia, “miembro enhiesto”, aún dio varias vueltas verbales en la mesa abacial, esgrimida con particular gracia por nuestro obispo bienamado y nunca bien ponderado. Y cuando tal pólvora semántica acabó de dar sus últimas explosiones, recobró la palabra, pues era su turno, aquel anciano abate de fray León, tan reverendo como reverdecido, quien a pesar de su demoníaco trancazo pudo balbucir un sacrílego soneto, de obscenidad manifiesta, que acababa con este terceto deleznable:

“Y yo me disolví, desparramé blancura
donde una rosa oculta en selva oscura
se abrió golosa al son de mis latidos”.

Tanto Casanova como el Divino Marqués se revolvieron en sus tumbas ante semejante atrevimiento. Pero don Carnal era don Carnal, y se pasó página.

Sor Rocío del Capullito de Oro y Grana, monja de fina estampa y verbo sutilísimo, deleitó a los enfervorizados hermanos, a las desatadas hermanas, con un relato surrealista y molón donde los hubiera, en el que se relataban los amores, no supo el cronista si imposibles, pero desde luego incestuosos, que con el título de “Tipografías” desarrollaban en el ordenador una letra Arial de cuerpo 12, “insinuante y desnuda, como a ti te gustan” y el cursor, un tanto celoso de un ratón juguetón. ¿Hubo o no menage a trois? No se sabe muy bien. Pero de tanto cachondeo electrónico, entre el cursor obseso, y las fuentes insinuantes -“¡Que vaya cuerpos se le ponen a las letras en verano!”- , el cuerpo 12 Arial se volvió cursiva… Y colorín colorado…

Dom Javierus de la Buena Mitra hízose marítimo y sacó a colación un pez lúbrico de curiosa geometría e insinuante recorrido, pues que navegaba “por el caudal de tus rodillas/ de volcán diminuto, de negrura/ silencio de sangre acelerada /hundida al sur de los espejos…”, en un poema que acababa así de bellamente:

”Guardo en mi espalda el mapa de tus manos…”,

Pues lo poético de ningún modo está reñido con lo erótico, pontificó la concurrencia con santa unanimidad.
Fray Franciscus Fenoy del Perpetuo Socorro, rebelde de natura y no se sabe bien si sabiamente excomulgado, soltó una ristra de versos hermosos, aunque posiblemente non santos, en el que su heterónimo Fabiano hacía loor y encumbramiento de Venus lasciva y excitante y fiebres desatadas, en un soneto de padre y muy señor mío que fue loado, aplaudido y escuchado por segunda vez, al objeto de que la serpentina lujuria penetrase por oídos antiguamente castos, y en ellos depositara sus ardientes huevos; que polvos queremos, pues al polvo estamos abocados.

Y llegó sor Paloma: “Mi nido a sus espasmos feliz era”; y hablo sor Ana del Orvallo Divino, galaica de dulzura y de saudade, con algo muy de su tierra, un centollo donde “chupar la noche erótica”, y así sea.Y el padre Federico, quien nos habló de “Un santo canalillo por el que internarse como barco por el Canal de Suez”. Y sor Alma del Monte Caramelo, quien afirmó la dificultad de escribir sobre el sexo, tanto en prosa como en verso, y el hermano David de la Sagrada Honda, quien nos deleitó con un fragmento de su novela en ciernes, que se desarrolla en el Hotel de las Delicias, habitación 503, entre revolcones, fuegos imprevisibles y ascensores que arden por la impaciencia que inspira el deseo.

Vinieron más, y más luego se fueron, que todos estamos aquí de paso. Y más le hubiera gustado quedarse en el refectorio a este cronista, que fue a la vez el abate fray León de la Santa Compaña, pero el catarrazo que le acometía le obligó a retirarse a sus lares, dejando que otra péñola mejor cortada que la suya continuase esta crónica. Inacabada, como lo es siempre la azarosa vida para quien intuye su próximo fin y desea el imposible de prolongarla un poco más.

Pero la Pelona nunca logra apagar la fiebre de la vida, ni suspender la eterna resurrección de la carne, por los siglos de los siglos, amén.

Nihil obstat.


José León Cano
6 de noviembre de 2013 










2. Rematada Bitácora con final de Carne Resurrecta
por Javier Díaz Gil

Y aconteció, tras tu marcha, querido anciano abate fray León que sor Alma del Monte Caramelo visitando prácticas heterodoxas nos habló con pasión de la diosa Hochún, diosa africana de la ternura. De tal modo impactó nuestros espíritus que fue calificada de cósmica por sor Cinta Rosa de las Aparecidas.

El sabio y leído Fray Franciscus Fenoy del Perpetuo Socorro, rebasadas ya las Vísperas y a punto de cumplirse las Completas, dejó caer una pregunta: ¿cuál de los tres autores griegos clásicos prefería la docta reunión?, ¿Esquilo, Sófocles, Eurípides...?

Y aclara Fray Franciscus Fenoy del Perpetuo Socorro que el mundo de Esquilo es cósmico, el de Sófocles social y, por último, paseando su mirada por cada uno de nuestros rostros expectantes, afirmó "y Eurípides, doméstico".

Del refectorio en el que físicamente estábamos, sor Ana del Orvallo Divino nos trasladó a la Biblioteca con la imaginación. Trocando el muy noble ejercicio del monje que transcribe lenta y minuciosamente antiguos manuscritos por una presencia placentera y febril de una sor de 65 años acariciándose al amparo del silencio claustral mientras descubre en un incunable una tal postura de la rana.

Cunden las medias sonrisas y los murmullos sofocados de monjas y frailes, fray León que ya no disimulamos.

Sobre las campanadas de las Completas desiste de leer por ser extenso su texto sor Carmen Frontera de las Haberlas haylas. Aires galegos y caricias nos esperan para el futuro.

Es por último que lee y con viva voz, Fray León, la hermana María Jesús de la Carne Resurrecta: un texto que ella tilda de explícito y que habla de hembra violentada.

Con la indicación sutil del obispo Javierus, salen los hermanos y hermanas del refectorio de la abadía de San Ruiz de las Calzas Verdes. Hay como un murmullo de voces y de sonrisas que no se desdibujan de los labios. Se pierden monjes y monjas por los pasillos de la abadía y se pueblan las celdas. Nadie preguntará mañana, Fray León, si cada uno ocupó su lecho esta noche de octubre.

Javier Díaz Gil
11 de noviembre de 2013

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