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jueves, 15 de agosto de 2013

42ª Jornada/VI año: Miércoles, 17 de julio de 2013


EL AUTÓMATA DEL CAFÉ RUIZ*


Íbamos a las tertulias como quien se adentra en la ciencia, con una pasión por reinventarnos la vida. En el Café Ruiz, aquella tarde, nos despojamos de nuestros envoltorios, de nuestras superficialidades, y pensamos en la finalidad misma de reunirnos: el contenido de las tertulias y el cómo hacerlas. David puso el primer engranaje…sobre la mesa.

“La consagración de la primavera” era un artículo de un escritor novel, donde se muestra la lucha de los jóvenes valores por hacerse un hueco en el mundo editorial. Madrid, su escenario. Sin duda, como dijo él, sin el mundo del libro, no seríamos nada. Alma y cuerpo, esencia y tierra para dar cuerda a un ser novelista, poeta, que está lleno de emociones, que nace en este preciso momento.

Que nace en este preciso momento, no lo oculta sin duda Javier, que ha regresado de las islas de Ulises. Su pieza es “Atrapados en la sima del estómago”, pero la une y la ensambla con otras más sutiles como “tiene este cielo forma de cuchilla”. Habla de la pobreza de Atenas, de la gente en las calles manifestándose, de esa que tiene en sus mochilas cócteles molotov y piedras. Como un cubilete de Rubik, su voz admite registros nuevos, porque “a veces los héroes no saben nunca que lo son”.

No saben nunca que lo son, los versos, los amores. “La letra P no es la primera letra de la palabra poema”, dice Isabel, y la deja caer sobre la mesa. Y ahí están las tuercas de lo sencillo, esa vuelta a lo que somos, pero de la que no dependemos aún para subsistir, pues no alcanzamos a darnos cuerda. Están otros que nos dominan. Londres aparece en los labios de la autora, con Shakespeare en los teatros al aire libre. Pone su pieza en nuestros oídos, pero hinca su rodilla de emoción en el alma “cuando, ante la Fortuna y ante los hombres, caigo”.

Ante la Fortuna y ante los hombres, los poetas, pudo decir María Juristo. “Te busqué en mi cuerpo” fue el engranaje que nos mostraba su interior, la hondura con que ensamblaba el erotismo y su pureza, esa unión de la orilla –casi sin piel- con la garra del océano. Presta a emocionarnos, la pieza de María era como un gozne a despojarnos de las máscaras de lo superfluo. “Pasaron los días…”

Pasaron los días y León regresó de Málaga, con su mochila de sonetos y su vocabulario infinito, fiel a su cita del Ruiz. Dejó el autor una pieza delicada: “El suicida”, engranaje inspirado, quizá, en el suicidio de otros poetas como Alfonsina Storni: “Pronto llegará mi hora y quedará el papel encerrado en las hojas de aquel libro inconcluso”. Esta pieza, que pone en equilibrio la sencillez de la vida y su proyección literaria, se une en lo esencial al alejandrino y al soneto, tan bien tratados por su mano de poeta.

Y por su mano de poeta, se pasea, firme, la palabra de Leo: “Fuego, hombre, mujeres”. Lleva Leo en su lengua la semilla de la eclosión, habla de la finalidad de las tertulias, de la literatura y su desnudez, machaca hasta reducir a polvo su don. Engranaje sutil, porque fue un punto de inflexión en la participación de los demás tertulianos. Puso su semilla al viento.

Puso su semilla al viento, otra autora: “A seres inanimados”, “del pórtico a la fuente”, “la miel”, “el líquido de oro”, piezas que Cinta hace girar para mover ese autómata incipiente, que construíamos poco a poco con el don de la poesía, lubricante natural para cada pieza que faltaba.

Cada pieza que faltaba, sobre la mesa, y no fue la única, porque va tomando forma un personaje que es un poco nosotros. Y Andrés, mientras lee “La excusa del adolescente”, pone su juventud en el movimiento, y también su jugada, acopla su voz con fuerza al Ruiz, intenta que ese autómata llegue a darse cuerda por sí sólo. Pero se da cuenta de sus fisuras, y pone otra pieza más.

Pone otra pieza más, Ana. Esta poeta define su poemario y nos lega un adelanto de “Sherezade y el sultán”, un trabajo sublime. “Si me hubieras dicho Sherezade…” “Si me hubieras dicho que tu vida…”colma como un rayo la chispa del Café, emoción contenida, y todos en el Ruiz quisieron tocar su voz, recubrir de alma a ese autómata, como Pigmalión su obra de arte, su estatua, de la cual se enamoró.

Y como Pigmalión su obra de arte, por último, Celia escribe: “Que me muerda la noche a la intemperie” y “hay que buscar refugio inútil”, para que todo vuelva a fluir desde el origen, pellizcar cada pieza y saber qué construimos: vida, pureza, compañerismo, poesía… Y al rozar cada sentimiento, darnos cuenta que dependemos de nosotros mismos. Y…

Y pusimos nuestro engranaje en cada poro del autómata, el corazón, guardando nuestras manos…
Y echó a andar.


*Autómata: Máquina que imita la figura y los movimientos de un ser animado.



Federico Monroy
24 de julio de 2013

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