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jueves, 16 de julio de 2009

39ª Jornada/II Año: Miércoles, 15 de julio de 2009

Futura Bitácora


La gente estuvo muy confiada, muy tranquila, como si no hubiera peligro ninguno. Sólo cuando el virus mutó y comenzó a hacer estragos, todo el mundo empezó a protegerse. Y una de las primeras medidas, acogida sin protesta ninguna, fue la supresión de cualquier reunión pública o privada que no fuese absolutamente necesaria y autorizadísima por la autoridad competente. Adiós tertulia, adiós querida tertulia del Galdós, “donde no hay piques ni zancadillas”, ni órdenes tajantes, y sí sabiduría y amabilidad de todos y cada uno de nuestros compañeros, que los virus respeten, amén. Así es que hoy nos reunimos por última vez, los dioses saben hasta cuándo, ya con un poco de miedo.

Cuando yo he llegado ya estaban Javier, Rocío, Vicentrillo, Celia e Ismael. Todos con sus mascarillas puestas. Yo he llegado igual, con la boca enfundada en mi mascarilla. Nada de besos ni abrazos, le doy la mano a todos y basta. Yo no sé bien por qué inicio la sesión con una pregunta. Mi voz suena un poco espectral debajo de la mascarilla, tengo que gritar. "¿Qué os parece el divorcio por horas?" Y me van respondiendo también con voces fantasmales. En general, me parece que los chicos son más partidarios de él que las chicas/señoras. De todas maneras, no se llega a una conclusión sobre este fenómeno y Vicentrillo pasa a leer un relato que ya le habíamos oído, pero ahora está mejor aún, relato típicamente vicentrillano, de un tío que “huele a cable quemado” desde los diez años y está como una cabra, lo cual se deduce de su conducta y sus pensamientos. A lo largo de todo el relato hay una continua referencia a la inexistencia de personajes literarios como Don Quijote, Alicia, Tarzán. Anoto “Suicídate en todas las direcciones”. Javier anota, en cambio, le gusta que el personaje “saque una foto de su calcetín derecho”. Se plantea un debate sobre la necesidad de utilizar frases cortas o no en los diálogos.

La verdad que con las mascarillas hay cosas que yo he perdido, así es que propongo desenmascarillarnos todos y que sea lo que los dioses quieran, total, yo, como soy viejo, pierdo menos. Qué egoístas somos los seres humanos.

Bueno, yo leo “Los ojos de Atzumori” y Javier me aconseja, muy bien aconsejado, que introduzca un elemento de nieve para enlazar la segunda parte del poema con la tercera. A continuación Celia, previamente introducida por la pregunta de Javier : “¿Qué diferencia hay entre temor y miedo?” Creo que la pregunta está motivada por el miedo que todos tenemos a la gripe esa. Javier hace algunos sugerencias y correcciones a los poemas de Celia, en el sentido de que debe cerrarlos más, y no sé por qué recuerda una cita de Borges, algo así como “maldecir las cópulas y los espejos porque multiplican a los hombres”. Después Sagrario que está muy vaga hoy, lee unas cosillas muy graciosas, aunque no tengan muchas pretensiones: “Donde ríe el agua, lloran los álamos”, y “he venido a permanecer en silencio/ mientras mi gato come gorriones”. Y el niño Ismael, que está un poco chungo, Dios mío, a ver si es que la ha cogido ya, tiene unas ojeras, una mirada más pachucha en sus ojísimos sirios, y encima un servidor lo pisa sin querer en el pie malito, perdón Ismael, perdón, lee un relato corto, “La tertulia”, que gusta a todos por su humor negro, su ritmo bien conseguido y ese final en el que un tertuliano es muerto a garrotazos por sus errores gramaticales. Rocío (ya hay que decir la maestra Rocío, que ya lleva un collar de premios y una pulsera de finalista) lee una cosa entrañable, de una señora que está siendo operada. El final, “adiós, mioma mío” es muy sorpresivo, está muy bien, porque juega con el equívoco del embarazo, y luego nada, es un mioma. Javier vuelve a sus fantasmas : “Cuando el mundo huele a recién pintado/ y diez minutos son promesa de toda una vida”. Le digo que no se pueden leer esos poemas aislados, que deben ser leídos todos. Hay algunos que son una mínima expresión de poema, y claro, se deben leer todos, se apoyan los unos en los otros.

Y, una vez leido Javier, me vuelvo a poner mi mascarilla y me largo. Antes me despido, claro, pero ya digo, sin abrazos ni besos. A ver si esto amaina, autorizan otra vez las reuniones y volvemos todos y todas. Ya me parece a mi un poco extraño la falta de tanta gente hoy. ¿Será que alguien la ha palmado o simplemente que esté el personal por esas playas, esas montañas, esos Caminos de Santiago? ¡Ay, ausentes, ausentas, por favor, decidnos que estáis bien, que volveréis y volveremos a escuchar vuestras voces, sabias, frescas, sorprendentes y sobre todo libres ya de microbios!

La calle es una tristeza. La gente anda corriendo, la poca que hay. En el metro hasta el perro de un ciego lleva su mascarilla. Yo, por si acaso, ya me he confesado. Pero como soy pagano, me he pasado por la diosa Cibeles, que es la que tenía más cerca. Me ha echado un chorro de agua y me ha dicho: “Abuelo, no te preocupes, y sobre todo, que te quiten lo bailado”. Qué maja es la Cibeles.


Aureliano Cañadas
16 de julio de 2009

2 comentarios:

Constantinopla Ismael dijo...

Estoy infectado, adios.

El despertador dijo...

Genial hermano Aure. I love your style como dicen los ingleses.
Un fuerte abrazo y ten seguro que no será la última tertulia.