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sábado, 30 de octubre de 2010

3ª Jornada/IV Año: Miércoles, 20 de octubre de 2010

Aureliano Cañadas. "Contra Domene". (Instituto de Estudios Almerienses)

Hoy, 20 de octubre de 2010, nuestro Aureliano Cañadas presentaba su último poemario "Contra Domene" en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. El acto tenía su hora de inicio a las 8 de la tarde. Así que, el pasado miércoles, decidimos en la Tertulia que la mejor forma de asistir al evento era trasladar por este día la Tertulia del café Ruiz a la cafetería del Círculo. La cafetería, conocida como "La pecera".

Por "la pecera" la conocía la gente que no podía entrar en el Círculo (entrada reservada para unos pocos pudientes) y que veían a los elegidos a través de los grandes ventanales de la calle Alcalá, como si de una pecera se tratara.

Esos tiempos ya han pasado y cualquiera puede acceder, afortunadamente, a este solemne edificio.

Y allí, alrededor de una mesa de mármol nos hemos sentado hoy Ismael, Rocío, León, Aure, María Juristo, Juan Antonio, Cristina, Paloma, Feli, Vicente y Javier.

Apenas disponemos de hora y media antes de subirnos a la Sala Nueva a escuchar a Aure, así que después de acomodarnos y cambiarnos de sitio buscando comodidad y el mayor silencio (esto último, más difícil, porque es una sala tan grande que reverbera el sonido), alejándonos de la barra comenzamos la lectura de los textos que hemos traído.

Apunto antes de empezar a leer que podríamos hacer el comentario del relato de Richard Ford "Intimidad" que propuso Vicente. Lo dejamos para una próxima tertulia.

Entre tanto, dice Ismael que ha escrito un relato y que quizá después de que lo lea decidamos expulsarle de la Tertulia. Le animo y le digo que "hay que arriesgar".

El protagonista de su relato, Procopio, sufre un trastorno, transformándose en un rectángulo, después de utilizar los cotidianos aparatos electrónicos con pantallas cuadrangulares.

No le echamos de la Tertulia.

Paloma llega y le entrego el poemario en el que está trabajando que he revisado y al que le he hecho algunos comentarios y correcciones. Trae el libro "Infidelidad", de Kureishi, que ya ha leído y lo entrega, si no recuerdo mal a Juan Antonio. Cuando él lo acabe lo entregará a otro compañero de Tertulia. La idea es que todos lo leamos y dejemos una frase al final que resuma nuestra impresión.

Lee Cristina un poema largo "Puertas", con buen ritmo y repleto de bellas imágenes con verso que se repite "si acepto...". Se lo elogiamos y le comento la posibilidad de cerrar el poema recuperando la idea del "si acepto" de nuevo al final.

Llega Feli, nos alegra mucho su presencia. Activa participante de la Tertulia a través del correo electrónico, no acude demasiado a la reunión de los miércoles por cuestiones de horario laboral.

Aure, que nos dice que se ha puesto para la presentación "el traje de las bodas, de los entierros y las lecturas" recuerda que la exposición de "Poesario" que hicimos en julio de 2010 podríamos exponerla en algún lugar más e invita a los nuevos compañeros de Tertulia a crear su pieza para la exposición. Lo tendremos en cuenta. Este año podríamos proponernos exponerla de nuevo.

Rocío nos lee un "poelato", un relato de tono poético: "Deshacerse en letras". Una carta de amor que escribe una mujer. Preciosa historia.

María Juristo nos mantiene la emoción de la anterior lectura al leernos su poema "Trombas". María es una poeta de lo abstracto. Nos conduce al descubrimiento de la nada a través del oleaje, del mar.

Juan nos lee un relato: "Paquistaníes 93". Ya estamos casi pidiendo la cuenta para subir a escuchar a Aure (él ya se ha subido, nos decía que estaba nervioso).
Paquistaníes nos habla de los cambios que sufrió la enseñanza a principios de los 90, del inmovilismo, de la tradición en las aulas.

Cerramos lectura con un poema que comparte con nosotros Paloma. Está escribiendo mucho en estos meses. Mucho y bien. Nos alegra de veras.

Nos subimos a la Sala Nueva ya.

Junto al autor participarán en la presentación Fernando Domenech, José María Herranz y Alfredo Piquer. Los tres le hacen una presentación certera, iluminada, merecida. El libro "Contra Domene" lo ha editado el Instituto de Estudios Almerienses. La sala está llena, se queda gente de pie escuchando al poeta.

Hemos cerrado un día de Tertulia con los poemas de Aureliano Cañadas. No podíamos pensar un mejor final.

El próximo miércoles regresamos al Ruiz.

Javier Díaz Gil
30 de octubre de 2010

martes, 26 de octubre de 2010

2ª Jornada/IV Año: Miércoles, 13 de octubre de 2010

El bombardeo de Almeria, 31 de mayo de 1937


Domene es un poeta. El problema es que es miércoles. Javier dice: Id enlazando las imágenes ¿Qué tal el verano? La promesa de una operación que le salve de la epilepsia ¡Qué bien se está en Galicia! Tu poema es maravilloso y pesimista. En realidad el conflicto ya ha pasado. Mi padre es de Alepo. Ya está ¿no corregimos más? Su cara de niña sigue teniendo diez años, se ha parado el reloj. Me han toreado los del Círculo. Lady Noise montaba una escandalera cuando alguien empezaba a leer. Llevad la invitación para que no os cobren el euro. La mía no tiene sello. Los alemanes fueron unos cabrones. Esa guerra era beligerante. El tiempo vencido por la belleza y la esperanza. Un hombre tenía miedo de los ríos, el agua crecía en su cuerpo, se resistía a volverse loco con la boca llena de dientes. Nadie es capaz de conjurar el hechizo. A través de una cortina de lluvia el destino empezó a temblar y todo fue barro. La primera persona es mejor para el miedo. No pienses en un elefante. Mi libro no hace más que moverse. Celeste canta bajito.
Javier, Rocío, Ismael, Aure, Vicente, Ana, Celeste y yo.


Paloma Sánchez López
16 de octubre de 2010


jueves, 14 de octubre de 2010

1ª Jornada/IV Año: Miércoles, 6 de octubre de 2010


De oficio: Bitacorero


Uno de los primeros verbos que tú aprendías en aquella clase para niños grandes era el de “Bitacorear”. Yo bitacoreo, tú bitacoreas, él bitacorea... Bitacorear o contar lo que allí había pasado.

Uno de los primeros adjetivos que aprendías después, en aquella clase o reunión o como quisieras llamarlo, y sin que nadie te lo enseñara, era el adjetivo “imposible”.

Porque bitacorear era prácticamente imposible. Por más que quisieras, que tomaras notas, que intentaras estar atento a mil y una pequeñas conversaciones terminabas con la maldita e íntima sensación de que bitacorear aquello iba a ser imposible.

Aún así después te esforzabas por encontrar una forma, un camino, un modo más o menos coherente de intentar contar lo que allí había pasado... Imposible. Al final siempre veías que era imposible. Lo contaras como lo contaras, del derecho, del revés, por el final o el principio, siempre te olvidarías de algo. Te olvidarías seguro. Pues tanto era lo que allí se conversaba, se leía, se escuchaba, se compartía que ¿quién podía atraparlo?

Así que un poco atropelladamente, dejándote llevar más por las sensaciones que por las palabras, más por las caras y por las expresiones que por los nombres, intentabas atrapar al vuelo la esencia de aquella clase para niños grandes que ellos, un poco pomposamente, llamaban “tertulia Rascamán”. Cosas de niños...

Comenzaba un nuevo curso en el Café Ruiz. Los mismos camareros, las mismas mesas, el mismo rincón, pero alguna que otra cara nueva entre los niños grandes. Caras nuevas y muy puntuales. Qué gusto. María, Juan Antonio, Cristina y Celeste. Alguna que otra cara familiar: Luis. Y bastantes de los de siempre: Celia, Aureliano, Ismael, Rocío, Javier, David, Paloma, Carmen, Vicente... Díos mío bitacorero que no se te olvide nadie. ¿Contaron catorce? Entonces creo que sí, que no se nos olvidó nadie.

Como cuando eran pequeños y llevaban caramelos si había sido algún cumpleaños, los niños grandes seguían llevando regalos, qué buena tradición, regalos de viajes exóticos desenvueltos en chocolatinas negras y verdes de hoja de coca, o sucedáneos de aquellos lejanos caramelos, pero ahora también de coca. Antídotos contra el mal de la altura en las palabras. Antídotos contra los versos que dan vértigo, contra los relatos que provocan desasosiego y adición.

Primera tertulia de octubre de 2010. En las dos mesas de mármol se amontonaban y se confundían los cafés con los caramelos, las chocolatinas con las cervezas, los cuadernos con las ganas de leer.

Parecía que los niños grandes habían hecho sus deberes de vacaciones “Santillana” y querían compartirlos ya con el resto. Venga, el tiempo apremia, que somos muchos a leer... Luis y su relato de “Daños Colaterales”, Luis a quién le van a publicar en la Diputación de Almería sus cuentos bajo el humilde título de “Cuentos del Pintor”. ¡Ay quién llegara a sus años, piensas, con esas ganas de crear...!

Pero estás bitacoreando y no sabes cómo ni por qué pero ahora los niños grandes nerviosos, habladores, están con los “triunfitos” aquellos jóvenes cantantes, cuya primera edición fue la más famosa. Sin darte cuenta han invitado a la tertulia Rascamán a Bisbal, a Bustamante, a Rosa... “Aunque Rosa no ha tenido tanta fama...” “Hay una persecución a los granadinos...” “Pero desde hace unos cuántos siglos ya...” dice otro. Los niños grandes traen también su humor, el bendito humor que distiende y ameniza las más serias veladas rascamanianas. ¿Ah pero las hay serias...? SShhh calla que nadie se había dado cuenta... Aunque lo bueno de los niños grandes es que tras una digresión vuelven solos a los temas principales: “Sería conveniente mantener en el relato el lenguaje más propio de la época, el lenguaje que se hablaba en la Guerra Civil...” Sí, siguen hablando de los “Daños Colaterales” de Luis, ese relato ficticio sobre un hecho real, ese relato con humor, casi negro. No te preocupes ya puedes seguir bitacorendo, han vuelto al redil... ¿Pero por cuánto tiempo?

A Luis le sigue Ismael, el de la doble enhorabuena, el granadino que tiene tantos cambios vitales en el 2010, y lee “Ex República de Manuel Gutiérrez”. Casi inmediatamente el niño Javier está hablando del libro que acaba de comenzar: “España, aparta de mí estos premios” de Fernando Iwasaki. Interesante. Dice que ya irá contando según lo lea, pero mientras, desvela sus últimos poemas. Porque los niños grandes juegan a hacer poemas, y juegan muy bien. Le robas uno y lo echas también a la cartera elástica e inmensa de la bitácora:

De profundis:

Desde
lo más
profundo
te lo pido.

Si no piensas
en mí.

Desaparezco.

Pero cuidado que ya es otro quién habla. Ahora será el niño Aureliano el que echa sus cartas: “No añores algún rayo de luz que te transporte al confín del espacio...” El niño grande Aureliano es uno de los aventajados de la clase, el día 27 tiene una lectura en el Círculo de Bellas Artes, donde leerá versos tan bellos como el que también echaste la cartera: “Lengua de azúcar quemada por mi lengua”. ¿Acaso no es sugerente? Piensas. Te gusta, lo saboreas, aún meditas sobre él.

Mientras tanto ha llegado Paloma, una de las niñas grandes más revoltosas y habladoras de la clase. Parece que echa un soplo de vitalidad en cuánto llega sobre todos, para inmediatamente mecerles con esa forma tan musical que tiene de leer uno de sus poemas, como si lo desgranara en el aire. Es lo que tiene la clase de niños grandes, el que llega como prólogo pasa a ser epílogo y el que era epílogo pasa a ser prólogo. “En los ojos, en la boca las arrugas de la risa...” Lo sientes, pero como tú bitacoreas, tú eliges el verso que más te gusta... Los niños grandes sois así. Pero aunque vertiginosamente lo copias y lo echas a la cartera de la bitácora, aún dudas si deberías elegir otro: “Si escucharas mis poemas no podrías separarte de mí”. Porque casi te gusta más éste. Sí a ti te gusta más. Definitivamente éste.

Pero atento, no te despistes bitacorero, que llega Celia, más silenciosa, con la voz más baja, pero igualmente rotunda en sus poemas. “Diapausa” . Sí es un título sugerente. “Lo hice con las manos otra vez de un niño...” Y con aquellas enumeraciones que le daban ritmo al poema... Pero no acabas de escucharlo, de pensar ¿qué copias de él? cuando ya la sigue María, una de las niñas grandes nuevas, y habla del mar y lee un poema sobre el Atlántico: “Un velo de sombras se cierne sobre el agua, se adentra silenciosa en el abismo...”. Y no pares de copiar bitacorero, no pares de tomar nota, no hay tregua para los de tu oficio, que ya está Juan Antonio, otro de los niños grandes nuevos, enfrascado en un relato que traía bajo el brazo: “Hoy tengo algunas dudas escritas en mi pantalla...” Un relato, que venía muy bien para cambiar de música tras tanto verso...

Pero es la primera clase después del verano y hay tanto por comentar, tanto que contar, que compartir... “Ya me he leído “Intimidad” de Hanif Kureishi y me ha encantado...” “¿Sí? Pues me sorprende porque parece que está escrito desde un punto de vista masculino...” “¿Masculino? Pues a mí me ha encantado...?” “Intimidad” es un libro colectivo que los niños grandes se van pasando de uno a otro. Cuando lo leen, escogen una frase y la escriben la final del libro. Así se sabrá cuántos lo han leído y qué les ha llamado más la atención... No te olvides de tomar nota, venga date prisa, apunta que ya se lo ha leído otro.

Le toca el turno a Celeste, nueva también, poeta también... ¿Se nos estará desnivelando la clase hacia el verso? ¡Relatistas! ¡Que nos pueden...! Y comienza a leernos sus poemas... Javier, opina que es un romance... Ella contesta que quiere expresar lo que siente dejándolo fluir... ¡Ay bitacorero que se te desmandan! Porque al final todos los niños grandes se revuelven y comienzan a hablar entre ellos sobre lo importante o no que es ajustarse a la técnica, sobre si hay que empaparse de la tradición, romper con ella... ¿Pero qué dicen? ¿Qué dicen aquellos de allá? ¿Y éstos, éstos por donde van...? Cinco, seis, siete conversaciones se entremezclan, chocan, estallan en el aire, salpican la tertulia de opiniones...

¿No os dije que uno de los primeros verbos que uno aprendía en aquella clase para niños grandes era el de “Bitacorear”? Yo bitacoreo, tu bitacoreas, él bitacorea... Bitacorear consistía en contar lo que allí había pasado.

¿No os dije que uno de los primeros adjetivos que uno aprendía después, en aquella clase para niños grandes, era el de “imposible”? Sobre todo si primero te había tocado declinar el de “bitacorear”.

Bitacorear hay momentos en que se vuelve imposible. Los niños grandes están revueltos, están deseosos de leer, de comentar, de hablar, de escucharse, de dar su opinión, de discutir, de conversar, de... Porfavor, porfavor, porfavor... ¿Qué andan diciendo? Trece voces en el aire y a la vez, tú eres el único que pareces estar callado. ¿Cómo vas a escribir esta bitácora? Te faltan bolígrafos para cazar tanta palabra en el aire, para aplastarlas contra el papel.

Pero no te abrumas, no te descuides, no te lo pierdas bitacorero, estate atento que de pronto Vicente, el niño grande Vicente, nos habla de... ¡Carver! Y entonces piensas que hay cosas que no cambian, que si Vicente sigue “carverizándonos” no está todo perdido... Seguimos siendo los mismos. Y el bitacoreador de turno, o sea tú, suelta el bolígrafo y se recrea en la contemplación. Sí. Te olvidas de escribir y te recreas en mirarlos, te centras en el placer de solo estar ahí, mirando a los niños grandes, escuchándolos, empapándote de sus palabras, de sus ganas de hablar de literatura... Y para eso estamos aquí ¿No? Te dices. Y te relajas y disfrutas de su compañía... ¿Bitacorear? Ya me preocuparé de eso mañana...

Además después Vicente te pide prestada la voz, y quiere que leas su relato “Cenizas” en voz alta. Y poco a poco lo vas leyendo. Y después del verano recuerdas lo que es leer en voz alta. El placer de leer. Que no tiene nada que ver con el de escribir. Que ese placer ya lo buscarás otra semana. Esta no, esta te ha tocado bitacorear.

Y bitacorear, bitacorear era el primer verbo que uno aprendía en aquella clase de niños grandes. Y después, después aprendías un adjetivo: imposible. Porque qué difícil era bitacorear aquellas tertulias tan llenas de vida y literatura, qué difícil y cuánto te costaba hacerlo ¿Lo recuerdas? Pues era por aquel entonces, en octubre, cuando ya otoñaba aquel 2010.


Rocío Díaz Gómez
10 de octubre de 2010

viernes, 10 de septiembre de 2010

45ª Jornada/III Año: Miércoles, 8 de septiembre de 2010


nuestros trajes de Napoleón y nuestros gorros de cucurucho
hechos con papel de periódico...


A las siete y media de la tarde ya no éramos seis los que estábamos en el Café Ruiz (Javier, Rocío, Vicente, CarmenFron, Adriana y un servidor), sino el millón de imágenes que reproducían los espejos de las paredes. Éramos los que estábamos, pero también los que no. Porque allí, en el Café Ruiz, donde todo es posible, un tipo con sombrero entraba para preguntarnos si habíamos encontrado la pistola que se dejó olvidada, y nosotros le respondíamos "no", con un no se sabe muy bien qué de naturalidad, una actitud que sólo podía esconder nuestros deseos de vivir la ficción a tope. Luego, entraba otro tipo (sí, sí, allí, donde todo es posible) con un puñado de libros en la mano, dispuesto a vendérnoslos por una buena causa, y entonces nosotros, los seis que estábamos, pero también las decenas que no y a los que echábamos de menos, esos infinitos nosotros que multiplicaban los espejos, rumiábamos contestarle igualmente que no, que no éramos una tertulia de literatos, por Dios, que qué se había creído, sino un grupo de ingenieros atómicos reunidos en torno a unos cuantos cafés y cervezas para dar con la fórmula secreta que propiciara la invención del arma que haría florecer la paz en la Tierra.

Ahí es nada. Por supuesto, yo ya había empezado a preguntarme dónde estaban los capirotes, dónde los trajes de Napoleón y las camisas de fuerza. La realidad es que el tipo se fue sin vender un solo ejemplar y nosotros, ya sí, regresamos a nuestra cuerda condición de literatos. Javier nos refirió su proyecto de poemario, que reunirá bajo el título "Extramuros", porque, según explicó, extramuros es todo aquello que está fuera o no conseguimos. Adriana habló de educaciones no sexistas que terminaron en calcetines acunados. Un servidor, de las consecuencias de salirse de la norma. Por último, Vicente leyó su relato, pospuesto durante semanas, que narraba la historia de unos pacientes que, como hoy no podía ser de otro modo, habitaban en un Hospital Psiquiátrico, del intento de suicidio de uno de ellos y de un final con fuga; pero sobre todo, de los ocho mil años que sumaban todos los internos, ocho mil años inútiles, desperdiciados, me permití opinar, dentro de un relato sin concesiones. No pude por menos que acordarme de D. Quijote, el majadero más maravilloso, la auténtica regadera por antonomasia, cuando al abandonar su casa a lomos de Rocinante, se atrevió a proclamar: "¡Yo sé quién soy!".

¡Dios mío: que sabía quién era, dijo! A mí los capirotes, los trajes de emperador francés y los matasuegras. A mí la poesía, supliqué. Y la poesía vino. Porque, acto seguido, Javier recitó sus versos con aroma a primeros poemas y cierta carga de metaliteratura, de los que aquí dejo ejemplo: "Atravesadas con una fija aguja / para no olvidarlas / duermen en la vitrina / palabras en peligro de extinción". Después de esto, claro está, mi yo interior imploraba más: más cordura, por favor, más poesía. Y no sé si me oyó pero el caso es que Adriana comenzó a leer sus poemas frescos, cuajados de hallazgos y de imágenes, ricos en vocabulario, poemas que hablaban de los abrazos infinitos de una madre y de que con unos cuantos arañazos no era suficiente.

Abandonamos el Café Ruiz pasadas las nueve y media. En un rincón del salón dejamos nuestros trajes de Napoleón y nuestros gorros de cucurucho hechos con papel de periódico, para utilizarlos en próximas reuniones, y salimos a la noche. Creo que no me equivoco si afirmo que nos fuimos tristes pero tranquilos. Porque aunque nosotros no estuviésemos allí, en el Ruiz, donde todo es posible, allí quedaban nuestros yoes infinitos, perpetuados en la superficie de los espejos, para suplirnos lo que restaba de mes de septiembre, quién sabía si discutiendo sobre energía atómica o sobre literatura, mientras entraba alguien a preguntarles si habían visto el corazón que dejó olvidado o si conocían a unos físicos nucleares que se reunían para recitar poemas; hasta el próximo 6 de octubre en que sería inaugurada la nueva temporada de tertulias.


David Lerma Martínez
10 de septiembre de 2010

martes, 7 de septiembre de 2010

44ª Jornada/III Año: Miércoles, 1 de septiembre de 2010

Bitácora de un miércoles enladrillado de principios de septiembre


Al niño Javier nunca le operaron de anginas, y eso que todos los inviernos padecía lo suyo de la garganta. La niña Rocío, en cambio, aún se acuerda de aquella lejana masacre infantil, de cómo les decían “vamos a jugar a los vaqueros y a los indios”, de cómo a su hermano y a ella los ataron a aquellas sillas con promesas de helados y zumos de naranja que luego dolió tanto tragar. El niño David aún se acuerda de ir corriendo y espantado a decirle a su fumadora madre cómo había oído que los que fumaban se morían, aún escucha cómo su madre contestó: “Si morirnos nos vamos a morir todos…”

Hubo un momento que llegó a aquellas tres vidas el dolor y la muerte, la verdad y la realidad. “Cuando cuentas cuentos nunca cuentas cuantos cuentos cuentas…” ¿Qué tenían aquellos filetes de hígado que comían día sí, día también? ¿Qué componente extraño además de calcio guardaban aquellas enormes botellas blancas para que años después, muchos años después pudieran disfrutar tanto de la literatura y las conversaciones juntos? ¿Que quedaba de aquellos tres niños, que aún palpitaban, esa tarde gris de primeros de septiembre que los reunió? Tres tristes tigres comen trigo en un trigal.

“Javierito” nos clavó un clavito y nos dejó balanceando de un largo poema titulado El coleccionista:


Tomé mis precauciones.

Conservar la pieza

era más importante que la captura.

Desestimé las armas de fuego y toda arma blanca

cuyo filo pudiera lastimar

la fragilidad de su carne.


¿Al niño Javier siempre le gustó la poesía? A todos les gustó siempre leer, pero escribir ¿Desde cuando? Ahora devoran libros de y sobre Ángel González, de Lorenzo Silva y Kirmen Uribe, de Luis García Montero y Rosa Huertas. Mientras comentan errores ortográficos en un libro sobre Miguel Hernández y su centenario. Mientras inventan una novela estación tras estación, o improvisan relatos que anudan al tiempo y a las contrariedades.

El cielo está enladrillado ¿Quién lo desenladrillará? Esa tarde un cielo gris comienza a deshacerse sobre Madrid y sus conversaciones. ¿A quién le importa? Al resguardo del Ruiz los niños se hacen preguntan de mayores: ¿Cuánto influyen nuestras decisiones en los demás? ¿Cuánto influye el azar? ¿Necesitamos estar en algún momento solos? ¿Somos egoístas por ello? “La vida siempre va por delante de mí y yo siempre tengo la impresión de ir detrás”. “¡Qué triste estás, Tristán, con tan tétrica trama teatral!”

Una cerveza, otra cerveza, y faltaba un pedazo de bizcocho en una tarde que ya era dulce de por sí: “Hasta la semana que viene no nos traen…”. “Tras tres tragos y otros tres, y otros tres tras los tres tragos, trago y trago son estragos, travesuras de entremés”. “Julio por favor nos traes dos cervezas más y unos vasos de agua… gracias” “Tenéis que ir a ver la película de Woody Allen porque claro a mi me apetecería que comentáramos muchas cosas…” “Yo una vez leí que para escribir sus películas Woody Allen cada vez que tenía una idea la apuntaba en un papelito y la tiraba a una cesta, y entonces cuando ya llegaba el momento de ponerse a hacer el guión volcaba la cesta y la construía con todos esos papelitos…” “¿Y por qué no comentamos la de “Madres e hijas” que la hemos visto los tres?” “Por cierto ¿A vosotros no os parece que los personajes de esa película son demasiado buenos?” “Y esa escena, la de… ¿no os parece que…?” “Hombreeee, a mí también me dejó muy sorprendida…” “A mí el que me gusta un montón es el personaje de la chica ciega, me parece un acierto…” “¿Y habéis visto “9 vidas”? es también de Rodrigo García, y también es así, varias historias que se cruzan…”

Una tarde de miércoles muchos años después se cruzarían las vidas de tres niños, la de aquel a quién nunca operaron de anginas pese a estar todos los inviernos quejoso de ellas, la de aquella niña que aún recuerda aquellos helados de premio que ya nunca le gustaron, y la de aquel niño moreno que un día supo que “morir, morir nos íbamos a morir todos…”. Un miércoles 1 de septiembre aquellos niños entrecruzaron sus recuerdos y su presente, e inventaron una tertulia que sobrevoló al margen de cuánto habían escrito y leído hasta aquel día, tomando tierra finalmente al abrigo de esta bitácora.


Rocío Díaz Gómez
6 de septiembre de 2010


lunes, 6 de septiembre de 2010

43ª Jornada/III Año: Miércoles, 25 de agosto de 2010

La transición y la novela de David

Aquel 25 de agosto de 2010 nos reunimos a la taurina hora de las siete de la tarde David, Jimmy, Rocío, Paloma, Vicente y Javier.

Este miércoles teníamos como objetivo fundamental escuchar a David leernos uno de los capítulos de la novela que está escribiendo en la que está trabajando este verano.

La trama transcurre en los inicios de la transición española, época convulsa de cambios políticos, de tensión y violencia, de personajes intensos e inmensos.

David maneja muy bien los diálogos y el narrador con un lenguaje propio y reflexivo. Sus personajes están muy bien delimitados y sólidos.

Nos gustó. Después de su lectura discutimos sobre la oportunidad de rebajar o no el nivel de l léxico del narrador. Hay que rebajar los picos, le aconsejé yo. Paloma anotó expresiones que le parecía que podrían hacerse más sencillas.

Alabamos la capacidad de David para la novela. Es un trabajo arduo pero David es constante y tiene buen oficio. La novela promete. Estamos deseando que la continúe y nos siga leyendo.

Pienso que somos afortunados. Algún día podremos decir: "Sí, nosotros tuvimos el privilegio de escuchar el borrador de la novela en la Tertulia antes de que fuera el éxito de lectores y crítica que es".

Jimmy tuvo que marcharse y nos quedamos con ganas de escuchar su relato.

Paloma nos leyó un par de poemas. Está en racha. Ya lo hemos dicho en otras bitácoras, aquí hay un buen libro. Este ha sido, sin duda, el verano de Paloma.

Tampo co Vicente leyó su anunciado relato. Otro día, nos dijo.

Lo malo de estas Tertulias de verano es que al empezar una hora más tarde se nos van deprisa.
No hay problema, alargaremos la Tertulia veraniega un poco más. Lo que empezó siendo para un día, va camino de prolongarse cinco miércoles.
Somos felices.
Compartir textos, charla, ideas, imágenes... Eso hacemos en esta mesa del Ruiz.
Eso es lo importante.

Somos afortunados.

Javier Díaz Gil
6 de septiembre de 2010

martes, 24 de agosto de 2010

42ª Jornada/III Año: Miércoles, 18 de agosto de 2010

Quién fuera Funes el memorioso

Cuando la tarde ha sido intensa, la memoria no tiene más remedio que ser selectiva. Uno quisiera ser como el personaje de Borges, Funes el memorioso, y recordar cada detalle, pero eso es imposible. Para ello debería ser yo un personaje de ficción y no lo soy (hasta el momento).


En torno a la mesa del Ruiz nos sentamos la tarde del 17 de agosto David, Rocío, Vicente, Paloma y este narrador bitacorero de hoy, Javier. David llegó el primero, venía del cine. Yo, en segundo lugar. Rocío, la tercera trayendo una planta para Carmenfron pensando que iba a venir esa tarde pero luego no apareció (la pobre se puso malita y no pudo venir) y cuando estábamos hablando de cuestiones más o menos banales apareció Vicente por la puerta que, casi sin saludar, nos soltó un ¿Habéis leido el relato "Visor" de Carver que íbamos a comentar hoy? ¿Qué os ha parecido?

Y mientras se sienta a nuestro lado saca una copia del relato y sus notas y no nos da mucha opción de seguir con nuestra charla y yo pregunto en voz alta ¿estamos entonces ya comentando a Carver? Es más que evidente. Y lo comentamos.

El relato "Visor" de Raymond Carver, pertenece al libro titulado “De qué hablamos cuando hablamos del amor”, editorial Anagrama. Aunque se alargue esta bitácora copio aquí el relato:

VISOR

Un hombre sin manos llamó a mi puerta para venderme una fotografía de mi casa. Si exceptuamos los ganchos cromados, era un hombre de aspecto corriente y tendría unos cincuenta años.
-¿Cómo perdió las manos? – le pregunté cuando me dijo lo que quería.
-Esa es otra historia –respondió -. ¿Quiere la foto o no?
-Pase –le invité- acabo de hacer café.
Acababa de hacer también un poco de jalea, pero eso no se lo dije.
-Necesitaría ir al retrete –dijo el hombre sin manos.
Yo quería ver cómo sostenía la taza de café.
Sabía cómo sostenía la cámara. Era una vieja polaroid grande y negra. La llevaba sujeta con correas de cuero que le rodeaban los hombros y le abrazaban la espalda. Era así como mantenía la cámara pegada al cuerpo. Se ponía en la acera, enfrente de tu casa, la encuadraba en el visor, apretaba el botón con uno de los ganchos, y ahí tenías tu fotografía.
-¿Dónde ha dicho que está el retrete?
-Por ahí, a la derecha.
Doblándose, encorvándose, se liberó de las correas. Puso la cámara sobre el sofá y se estiró la chaqueta.
-Puede ir mirándola mientras tanto.
Le cogí la fotografía.
Un pequeño rectángulo de césped, el camino de entrada, el cobertizo de los coches, la escalera principal, el ventanal en saledizo y la ventana de la cocina desde la que había estado mirando.
¿Porqué habría yo de querer una fotografía de aquel desastre?
Me acerqué un poco más a ella y vi mi cabeza, mi cabeza, allí dentro, tras la ventana de la cocina.
Me hizo pensar; el verme a mi mismo de ese modo.
Lo digo en serio: es algo que le hace pensar a uno.
Oí la cisterna. Se acercó por el pasillo, subiéndose la cremallera y sonriendo; con un gancho se sostenía el cinturón, con el otro se metía la camisa en los pantalones.
-¿Qué le parece? –preguntó- ¿Está bien? Personalmente opino que ha salido bien ¿Sé lo que me hago o no? Admitámoslo: para estas cosas hace falta un profesional.
Se tiró de los genitales.
-Aquí está el café –dije.
Preguntó:
-Está sólo ¿no es eso?
Echó una ojeada a la casa. Meneó la cabeza.
-Es duro, es duro –se lamentó.
Se sentó junto a la cámara, se echó hacia atrás con un suspiro y sonrió como si supiera algo que no iba a decirme.
-Tómese el café, le sugerí.

Yo intentaba encontrar algo que decir.
-Había por aquí tres chiquillos que querían pintar mi dirección en el bordillo. Me pedían un dólar por hacerlo ¿Usted no sabrá nada de eso?
Era una posibilidad remota. Pero lo observé de todos modos.
Se inclinó hacia delante, dándose aires de importancia, con la taza en equilibrio entre los ganchos. Luego la dejó encima de la mesa.
-Trabajo solo –declaró- Siempre lo he hecho y siempre lo haré. ¿Qué es lo que quiere decir?
-Buscaba una relación.
Tenía dolor de cabeza. Ya sé que el café no es bueno para el dolor de cabeza, pero a veces la jalea ayuda. Cogí la fotografía.
-Estaba en la cocina –comenté- normalmente estoy en la parte de atrás.
-Sucede todos los días –dijo- Así que se han ido y lo han abandonado, ¿no es eso? Bien, créame: trabajo solo. Así que, ¿qué dice? ¿Quiere la foto?
-Me la quedaré –respondí.
Me puse en pie y recogí las tazas.
-Estaba seguro –dijo-. Tengo una habitación en la ciudad. No está mal. Cojo el autobús y salgo del centro, y cuando he terminado con los alrededores, me voy a otra ciudad. ¿Comprende lo que digo? Mire, yo también tuve chicos. Como usted.
Me quedé quieto con las tazas y miré cómo bregaba para levantarse del sofá.
Me explicó:
-Precisamente llevo esto por culpa de ellos.
Miré detenidamente los ganchos.
-Gracias por el café y por dejarme a usar en retrete. Cuenta usted con mi comprensión.
Alzó y bajó los garfios.
-Demuéstrelo –le pedí-. Demuéstreme hasta qué punto me comprende. Saque más fotografías de mi y de mi casa.
-No resultará –dijo el hombre-. Ellos no van a volver.
Pero le ayudé a ponerse el correaje.
-Puedo hacerle un precio especial –ofreció-. Tres por un dólar –añadió-. Si se las dejo más baratas, no me compensa.

Salimos fuera. Ajustó el obturador. Me dijo dónde debía situarme, y nos pusimos manos a la obra.
Íbamos desplazándonos alrededor de la casa. Sistemáticamente. En unas yo miraba de soslayo, en otras de frente.
-Bien –aprobaba él-. Estupendo. Y al cabo dimos la vuelta completa a la casa y nos encontramos de nuevo en la fachada-. Son veinte. Suficientes.
-No –sugerí-. Encima del tejado.
-Dios –murmuró. Examino la calle a derecha e izquierda-. De acuerdo –aceptó- así se habla.
Comenté:
Absolutamente todos. Se largaron de la noche a la mañana.
-¡Pues mire esto! –exclamó el hombre, y volvió a levantar los garfios.
Entré en casa y saqué una silla. La coloqué bajo el cobertizo de los coches. Pero no fue suficiente: no llegaba. Cogí una caja de embalaje y la puse encima de la silla.
Se estaba bien arriba, en el tejado.
Me puse de pie y miré entorno. Hice señas con las manos, y el hombre sin manos me devolvió el saludo con los ganchos.
Y entonces fue cuando las vi, cuando vi las piedras.
Era como un pequeño nido de piedras sobre la rejilla de la boca de la chimenea. Ya se sabe cómo son los chicos.
Cómo las lanzan con la idea de colar alguna por el agujero de la chimenea.
-¿Preparado? –pregunté. Cogí una piedra y esperé a que el hombre me tuviera en el visor.
-¡Listo! – exclamó.
Eché el brazo para atrás y chillé: “!Ahora!” Y lancé a aquella hija de perra tan lejos como pude.
-No sé –le oí gritar-. No suelo fotografiar cuerpos en movimiento.
-¡Otra vez! –vociferé, y cogí otra piedra.

RAYMOND CARVER


Y en ese inicio de la crítica llegó Paloma.

Y entonces hubo comentarios de todo tipo. Vicente, defensor a ultranza de Carver (poco a poco nos ha hecho a todos los demás interesarnos en su obra) defiende que es una obra maestra.
Bien, vale, decía Paloma, parece que el final es tan abierto que podría terminar en vacuidad.

Desconcertante Carver, con esos personajes que aparecen en sus relatos, un hombre sin manos que hace fotografías de tu casa y te las vende y adivina que estás solo y que te han dejado tu mujer y tus hijos.


Lo cierto es que es un relato en el que Carver ha utilizado la metáfora. Para contar una realidad inventa símbolos: un personaje sin manos que hace fotografías de tu casa no deja de ser alguien que te viene a mostrar quién eres de verdad y que aparentemente, piensas de entrada, es imposible que pueda hacer una fotografía.

Esa desconfianza del personaje por el fotógrafo está en el relato en la obsesión porque tome una taza de café para poder comprobar cómo maneja los ganchos que tiene en lugar de manos. Todos necesitamos de los demás, ayuda de otro. Porque nosotros solos no sabemos resolver, enfrentar nuestro problema.

El personaje del fotógrafo es central y tiene algo de mesiánico, de salvador. En el relato dice que se dedica a visitar cada casa de la ciudad vendiendo la foto de la casa al dueño. Si no la quiere (lo que podríamos traducir por "si no se deja ayudar") se marcha. Cuando ha acabado con todas las casas de la ciudad se marcha a otra ciudad.

Y el protagonista del relato se deja ayudar y pide que le haga más fotos, unas veinte, por todo el perímetro de la casa, sacándole a él. Hasta que sube al tejado. Ese ascenso es también metafórico y descubre el nido de piedras en la chimenea que empieza a lanzar, desahogándose, tal vez salvándose.


Coincidimos en la frialdad con que se cuenta la historia. Un narrador en primera persona que es más un narrador testigo, describe lo que ve, con alguna breve deducción. El lector debe completar y comprender la historia. Carver nos muestra lo que ocurre pero no nos explica por qué ocurre todo eso. El lector debe completarlo con su propia experiencia.


Interesante conversación. Vicente está satisfecho con el resultado. Él propuso este ejercicio.

Este mes de agosto las Tertulias estamos empezándolas a las 7 de la tarde y se nos hacen cortas. Quedan más cosas por leer y por comentar.

Antes de leer nuevos textos hablamos de cine y recordamos películas imprescindibles de Buñuel:
- El ángel exterminador
- Viridiana

Libros como "Sangre sabia", de Flannery O'Connor, una de las escritoras favoritas de John Huston. O "Bajo el volcán" de Malcolm Lowry.

Y hablamos de cine. A Vicente y a mí (y la recomendamos al resto de compañeros de Tertulia) nos gustó mucho la película "Madres e Hijas", del director de cine Rodrigo García, hijo de García Márquez. De él es también la película "Cosas que diría con solo mirarla". Y terminamos recordando otra gran película, basada en la novela del mismo nombre "La noche del cazador" con Robert Mitchum.

Y llega el momento de seguir comentando textos. Rocío nos había enviado por email su relato titulado "Aquel verano que comenzamos a crecer". No lo quiere leer porque dice que son nueve páginas y que nos va a quitar tiempo. Que se lo comentemos sin volver a leerlo en el Ruiz. Yo, que no he podido leerlo, lamento mucho prescindir de uno de los atractivos de la tertulia: escuchar al autor, en este caso a Rocío leer su cuento.

Es la historia de cómo vamos pasando de la infancia a la adolescencia y de cómo nos marcan esos años. Un grupo de cuatro amigos, dos chicos y dos chicas sienten sus atracciones y los conflictos que les traerán. Rocío es capaz de tratar con ternura temas como el que trata en este relato, el descubrimiento de la tendencia homosexual de la protagonista que marcará el destino de los cuatro. Buen relato.

Paloma nos lee tres poemas de su serie, que le corregimos, recortamos, reordenamos. Tres poemas que se inician de esta manera:

TREINTAICINCO

Hoy la niebla es la dueña de la plaza
provocas la lluvia con tus pasos
(...)

TREINTAISEIS

Busco fuentes que no sean veneno
¿Hasta dónde se puede llegar
Si rompes la sintaxis cada día?
¿cuánta desviación nos cabe?

(...)

TREINTAISIETE

Una rosa que piso se lamenta
tiene el claro deseo de estar viva

(...)


Paloma está refinando su poesía, definiendo el ritrmo y las imágenes, haciéndose más sintética. Nos gusta mucho todo lo que está escribiendo últimamente. Y se nos hacen las nueve de la noche y David, que tenía preparado para leernos un nuevo capítulo de la novela que está escribiendo se queda sin poder hacerlo. El próximo miércoles 24 de agosto volveremos a tener Tertulia y empezará David leyéndonos su texto. Prometido.

Me quedan muchas cosas en el tintero, lo sé. ¡Quién fuera Funes el memorioso!


Javier Díaz Gil
24 de agosto de 2010