| El planeta Persépolis bajo el ataque de los Klingons |
CUADERNO DE BITÁCORA
Año estelar 2356. 12º Suplemento.
Nos dirigimos al planeta Persépolis en misión humanitaria y diplomática. Persépolis está siendo atacada por los Klingons; se desconocen las causas de esta guerra absurda, pero todo apunta a una simple cuestión de mentalidad guerrera y asesina de esta raza belicista. Tampoco se descarta la apropiación indebida de sus recursos naturales o la esclavización de sus gentes.
Para distraer a la tripulación mientras viajamos hacia el planeta y que no pensemos en las atrocidades que veremos, el Capitán Díaz nos encargó que escribiésemos, o leyésemos algo, ya sea relato, poema o cualquier otra cosa que se nos ocurriese.
El Capitán nos citó en la cubierta de mando y el que suscribe fue el primero en abrir la veda, con un poema de nombre “El desembarco de la patera” en relación a las antiguas historias de la Tierra sobre el fenómeno llamado Inmigración: desplazamiento de personas huyendo del hambre o de guerras, hacia regiones sobre todo de la antigua Europa. Este triste acontecimiento nació a finales del siglo XX y se alargó hasta bien entrado el siglo XXI. En la mayoría de los casos solo una minoría de países se hacía cargo de estas personas, algo impensable hoy en día y que esperamos que no se repita en el planeta a donde nos dirigimos.
La velada continuó con la Oficial Médico Guil que leyó un precioso poema de nombre “Ícaro” un personaje de ficción de la antigua Grecia de la Tierra, que poseía alas unidas con cera, lo cual fue su perdición. Los bonitos versos se fueron sucediendo bajo los atentos oídos de los oficiales. La Oficial nos obsequió con una declamación digna de los antiguos dioses griegos. Evocaciones como “Alas de pesadumbre”, “Melodías del luchador eterno” o “Piratas del ayer” hacían que el que suscribe desviase su mirada hacia la escotilla, donde estrellas de todas las edades jugaban con sus fuegos eternos.
El siguiente fue el propio Capitán, que nos deleitó con otro poema de nombre “El lugar”, donde la naturaleza personificada en los “ojos de pájaro” o en el mar “de silencio líquido” o en la unión de “luz y fuego”, corría a encontrar su propia Génesis entre “llaves de casas perdidas”. Los versos fueron recibidos con opiniones diversas de la tripulación, mientras el capitán, sentado en el sillón de mando, acariciaba el botón de apertura de la escotilla de expulsión de residuos al espacio, situado al lado de nuestras posiciones, por si alguno de los comentarios no eran de su agrado.
El cuarto en romper el hielo fue el Alférez Raña con un relato llamado “La voz del Río”. Raña siempre nos ameniza con una prosa muy cuidada, y en este caso, muy sensual. Una mujer espera las voces del río, como un último acto de liberación frente a la culpabilidad. Se despoja de la ropa, incluido el blúmer (aquí la Oficial Médico Guil se indignó por el uso de palabras Klingons). El río recibe a la mujer entre corrientes de lágrimas, dejándose llevar por la frescura del agua hacia su paz interior definitiva. Un relato con toques de leyenda artúrica, pues parecía que la espada Excalibur iba a aparecer en cualquier momento.
La quinta en el orden fue la SobreCargo Santa Bárbara, que no leyó nada porque estaba sobrecargada de trabajo, y no le había dado tiempo de preparar nada. El Capitán volvió a acariciar el botón de expulsión con un meñique receloso, pero al final la ética humana se impuso.
La sexta fue la Teniente Adjunta Sánchez, comunicándose a través del ansible ya que se encuentra en la base de la flota estelar. La Teniente Adjunta está escribiendo una novela llamada “Qué quiere de mí”, usando al Artificial Nostromo 1.2 para que le ayude con la estructura. “Sabina fusila a Dylan” (dos músicos poetas de la Tierra del siglo XX y XXI), se dejó oír entre otros esclarecidos comentarios.
Continuó el Oficial de Comunicaciones Arroyo, con un poema titulado “Mundo nuevo”. Con su perspicaz voz de locutor vulcaniano nos sumergió en sus particulares versos de “cabezas infantiles”, “matadero de cuerpos”, “distraídos hacia la muerte” o “pensantes profesores”. Este último verso generó algo de controversia entre la tripulación.
El siguiente en participar fue el Oficial de Máquinas Ramos. Debido a su estresante trabajo de mantener los motores niquelados, no tuvo tiempo de poder escribir nada. El capitán volvió a acariciar el botón de la exclusa. Pero la lógica se volvió a imponer: el Oficial Ramos es el único que controla el impulsor de velocidad Luciérnaga 1. Sin este impulsor nos iríamos todos para el carajo.
Continuó el Senador Lerma, tripulante de la nave como representante de los mundos adscritos a la Federación; será el encargado de dialogar con los Klingons para evitar la escalada de violencia y llegar a un acuerdo humanitario. Su alto dominio del abrupto idioma Klingon le hace una pieza clave en este menester. Dejó entrever que está escribiendo una novela, pero no leyó nada: demasiado ocupado preparando su diatriba para los klingons. El Capitán no mostró signos de acercarse al botón.
El siguiente fue el Segundo de a bordo Carmona, que no mostró ningún síntoma de sus recientes problemas en las gónadas. Leyó un par de poemas, siempre con su estética minimalista, sin nombre. Versos como “amoníaco vital” o el uso del imán de una nevera (antiguo divertimiento de nuestros ancestros terrestres que consistía en llenar la puerta de esta máquina con viajes realizados) para adornar sus poemas, incluyendo la antigua máquina de juegos Play Station.
Continuó el Padre Sánchez, nexo de unión de las diferentes religiones que profesa la tripulación, y muy querido en la nave. Continuó con la lectura de su novela “Ninguno de los suyos”, donde la desigualdad humana, la desidia de los ricos y la lucha por sobrevivir de una madre y su hijo, se alternan en una narración cargada de emoción. Champán francés, disparos o celdas se entremezclan en el libro creando una vorágine de sentimientos.
La Oficial de Puente Padín, de permiso en su planeta natal, nos leyó a través del ansible su relato “Un pescado enorme”. Una prosa que activó mis papilas gustativas debido a la pesca familiar de una variedad íctica que vive en el Río Paraná, el cual atraviesa buena parte de la Sudamérica terrestre. Sinceramente me rechupé los dedos pensando en ese pescado con pinta tan sabrosa. Lo intenté sacar en el replicador de comida, pero me salió una vulgar sardina enlatada.
Y para acabar la Teniente Comandante Díaz Gómez nos obsequió con una lectura sin título que también hizo rugir mi estómago. Antiguas comidas como pasteles o cruasanes se mezclaban con recuerdos de infancia: colegio, madre asomada al balcón controlando a la niña. Todo tratado con una preciosa delicadeza que hizo las delicias de la tripulación, en especial de la Oficial Médico Guil, a la que se le escapó alguna lágrima que otra.
El que suscribe se retira a dormir; nos espera unas duras jornadas en Persépolis. Me iré a descansar oyendo la canción “Exodus” del cantante terrestre Bob Marley, del siglo XX. Esperando que el título no se repita nunca más.
