| ...voy hacia mi destartalado barco Rascamán, llevándote cogida de mi brazo |
Por las calles que como ríos hacia el mar caminan, poco a poco voy hacia mi destartalado barco Rascamán, llevándote cogida de mi brazo. Allá me encuentro a los marineros y corsarias sentados en la bodega en sillones desvencijados por el uso, y las huellas que el tiempo va dejando a través de su lento caminar en los imborrables senderos, que dejamos en los infinitos presentes que se van, instantes que se desvanecen como el agua que cogemos entre los dedos, como vibraciones ocultas de nuestros pasos en los inmensos caminos de la vida. Mi silencio y tu silencio escriben inaudibles melodías que sólo nuestro corazón perciben, a pesar del estruendo de muchedumbres dispersas por doquier, sumergidas en la búsqueda de su particular partitura en esta vida.
Sí, querida, nuestro destartalado barco está preso en altamar arriado su velamen; vivimos tiempos turbulentos, en los que necesitamos desplegar la alegría o el llanto en la fragata de la vida. Tiempos en los que apenas quedan alas para arribar colinas, subidos en corceles ciegos y de esta forma fundirnos en el Cosmos en busca de nuevas antorchas, con las que buscar salidas que nos lleven a los bosques escondidos tras las milenarias grutas.
Y mientras Juan Calderón en la tertulia Prometeo obsequia a los presentes con música y palabras, mis viejos compañeros intercambian viejas historias de altamar en busca de antiguos tesoros escondidos en el fondo del mar, o de las antiguas riquezas ocultas en Potosí, ciudad envuelta en la borrosa memoria del altiplano boliviano, jalonado por leyendas incas y rutas comerciales con el trasiego de caravanas cargadas de plata en medio de montañas, y donde Pizarro quiso llegar con sus huestes en busca del reluciente metal escondido en ellas. Cerro Rico se llama, a más de 4.000 metros de altura donde aún se siguen hoy extrayendo minerales, mezclados con la explotación del hombre por el hombre.
De pronto, entre el tumulto de la marinería, José María Garrido, tras denodados esfuerzos, consigue enarbolar un poema titulado Cuarto Misterio, en el que de alguna forma, se identifica con El Crucificado, recorriendo La Pasión y sus caídas, y en los que nos lleva junto a él, con estos entresacados versos que te muestro:
“ Cargando va aquella cruz
desde hacía una eternidad
………………………………..
Su voz:
una súplica entre lágrimas.
…………………..
Un paso más
tal vez una caída
………………………
Una saeta
la música del viento.
………………………………
El equilibrio y el alma
se me rompen.
Otra caída:
la penitencia y el látigo.
……………………………………
Otra vez:
la Cruz al hombro.”
Muy bien, José María, toda una vida inspirada en La Pasión.
El capitán, trasteando en sus papeles se irguió intentando enarbolar su vieja pata de palo, que poco a poco se va haciendo con ella la tenaz polilla; pero como tal hazaña no consiguiera, cayó de sopetón en el viejo sillón recogido de un barco a la deriva. Prisionero pues de las oleadas del azar, no tuvo más remedio que desenrollar un papiro, del que nos leyó unos versos escritos en el cuarto milenio faraónico, del que entresaco:
“Incandescente
¿En qué instante dejaste
de ver que se posaban
las mariposas rojas en tu pecho?
……………………………………………..
¿En qué instante dejamos de verlas?
Sabes que no se irán.
……………………………..
Sigue ardiendo su vuelo”
Magnífico, viejo marinero, que con maestría diriges nuestro barco a la otra orilla.
Alberto sentado en una abandonada banqueta en un alejado rincón de la bodega, se niega a leer, porque en este momento siente mucha vergüenza, pues ha regresado al jardín de la infancia, donde su timidez le aleja del tumulto originado por la marinería entre el ruido de las invisibles copas de ron lanzadas contra las grietas del techo, acostumbradas a las acometidas marineras.
Lástima no poder disfrutar de sus pequeñas piezas teatrales.
Por otra parte, Chelo decide abrazarle para después aclararnos:
-Lo hago porque la semana que viene no lo haré- al tiempo que lanzaba una daga hacia una pared, clavándose con suma precisión en la huella que dejó un viejo candil abandonado.
Cosas de este barco a la deriva.
Los indisciplinados marineros nuevamente retoman sus conversaciones simultáneas y roncas, y ello hace tomar cartas en el asunto al capi, blandiendo su autoritaria campanilla.
Hecho el silencio, José Antonio Carmona nos obsequia con un poema titulado “De la mano de mi padre”, en el que nos describe su experiencia en Cuelgamuros cuando lo visitó en plena construcción.
a la boca del infierno.
……………………………
Están sólo los muertos.
Montaña, aire, zinc.
………………………………
El comedor cuartelario
con postre de natillas.
………………………………….
A los que sobrevivieron
los ascendieron a obreros.
…………………………………….
En el cincuenta y cuatro
aún no habían llegado los muertos.”
Desgarrador poema, que rememora la visita que de pequeño hizo con su padre a tal mausoleo, en el que destaca su inmensa cruz de 150 metros de alto, presidiendo la montaña, como símbolo de la victoria del ejército sublevado.
Es la contundencia y la bota sobre la espalda del pueblo derrotado, porque en toda guerra, sobre la piel de los vencidos… la marca del ganador de la batalla.
Recorrer por dentro la enorme cruz cogido de la mano de su padre, es un sueño inolvidable del ayer forjado en lo más profundo, en lo más hondo, allá donde la música se convierte en palabra y ésta en música.
Un nuevo conato de alboroto, cortado de raíz por el Capi con un campanillazo sobre la tapa de un barril lleno de agua, dio paso a la corsaria Cinta que nos embrujó con su hermoso poema titulado El Grial:
“Hoy, he recorrido el mundo
he peinado tu pelo.
………………………………
Tu piel como marea
………………………
Me convierto en las alas
que dibujan tormentas
……………………………………..
y galopa mi sangre en cada hebra
……………………………………………..
circunferencia obscura
broche del universo.”
Qué placer reproducir algunos de tus versos en este papel de tantas alegrías y tristezas. Cuánto fuego emerge de tu Cosmos, que como volcán vomita lavas cosmológicas, vestidas con música y palabras.
Luego leyó un poema con aires lorquianos.
Gracias, Cinta.
Después, querida mía, me tocó leer a mí el siguiente poema titulado Ensueño, que brota de lo más hondo de mi alma:
“ Y a lo lejos
golpe de luz en los caminos.
Bridas y espuelas:
recuerdos de cascos en la espuma
Perfiles.
Magia.
Sol, sombra y luces
en un día inacabable.
Piafar de caballos en la tarde morena.
Hacia el horizonte se lanza la manada.”
Luego leí un trabajo en prosa titulado Paisaje; pero apenas hube terminado, me llovieron por todos los flancos un sin fín de botellas y silbidos ¡Fuera!, ¡Fuera!, gritaban los malandrines; gracias a la mediación de las corsarias, razón por la que aún sigo vivo en este barco. Un día de estos te lo enviaré, como siempre, dentro de una botella lanzada por este náufrago hasta tu orilla.
A continuación Chelo, cubierto su pelo con un pañuelo de corsaria, nos obsequió con una divertida descripción de un adicto al futbol y la huida de su familia a otra habitación.
“ Tira, coño,
(los jugadores no responden. Se cabrea)
-Nenazas.
Está tan absorto que aunque viniera Napoleón, ni caso. La familia huye al otro extremo de la casa para no oírle. Se excitará más. Sus ojos se inflaman y en sus labios nacerá una baba.
Se intentará comunicar con los jugadores a base de insultos. Al final todos terminan agotados por la ansiedad.
Muy bueno y divertido. Gracias Chelo, por hacernos reír.
Nuestra querida mexicanita Padín, nos obsequia con un relato musical, protagonizado por un saxofonista y cartógrafo Fermín Rebollo, en el que nos da cuenta de sus investigaciones sobre el aleteo de las mariposas buscando un patrón; pero no encuentra ninguno. Al presentar sus estudios en La Academia de Ciencias, deciden que está chalado.
Tenaz como buen músico y científico, busca patrones en la fragilidad de estos insectos. Vendándose la cara y embadurnándose con miel, las mariposas se pegaron a la misma, y encontró distintas frecuencias en el suave aleteo, y al pasarlo al saxofón observó que surgían distintas composiciones musicales que a su vez se correspondían con diversas cartografías de las lejanas tierras americanas.
Hoy día permanece en un psiquiátrico con su cabeza vendada, y las mariposas revoloteando en ella.
El narrador lo visita dos veces al mes.
Siempre tan tierna y mágica Padín.
A continuación, el paciente Manuel rendido después de tanta batalla en altamar, dejando aparcado su sable en un sillón, nos relató la continuación de una pequeña historia encontrada dentro de una botella lanzada por un náufrago, que no era yo:
“…Tenían madre e hija esperanza en que las rescatase el guerrillero.”
Nos describe la insalubridad de los centros de detención y maltrato a los emigrantes encarcelados.
De pronto: explosión, gritos y pánico dispersos. Los prisioneros se pegan a las paredes y Asia, casi desfallecida pensó que allí terminaba todo.
Al tiempo, nos describe un ambiente muy señorial y agradable en el yate de Anselmo.
En la próxima continuará.
Siempre sus novelas impregnadas por la preocupación social.
Por cierto, tuvimos la fortuna de celebrar el cumpleaños de la capitana de capitanas, Isabel Morrión, que nos obsequió con un poema dedicado a Josefina Manresa, esposa de Miguel Hernández, del que entresaco los estupendos versos:
“ Se quedó rota
sin alma
sin el consuelo del llanto.
……………………………………….
Jamás volverá a abrazarte.
……………………………………..
Ni su aliento
penetrando hasta el centro del dolor.
……………………………………………………..
Se deshojaron tus rosas
cuando Miguel te dejó.
………………………………..”
Qué bello Isabel, qué bello.
Después leyó un poema dedicado a nuestro Madrid
“Me baño en tus ríos.
……………………………………
Soy parte pequeña
de tu inmensidad.
…………………………….
Me moriré en otoño
Bajo tu inmenso cielo.”
Muy bien, Isabel.
A continuación, Celia rememora a su padre a través de las diversas genealogías de su nombre, empezando por Aureliano Buendía; por ello nos dice:
“¿Dónde estará la herrumbre
de este montón de llaves?.
………………………………………
Para que tú nacieras,
nuestro primer amor
dejó la cicatriz
de este tortuoso linaje.”
Siempre tan dulce, mientras una brizna de aire besa tu pelo, como en otro verso un día nos dijiste.
Desde allá seguro que tu padre te contempla.
Y para finalizar, querida, la zagala, más bien grumete, bajando precipitadamente a la bodega, pues se había despertado en el palo mayor de nuestra desvencijada corbeta, María Jesús Briones, nos leyó un pequeño y a la vez ensayo teatral, inspirado en un escritor polaco, que observaba y describía muy bien el mundo inanimado y su correspondencia con el espacio.
Y allá qué vamos con esta kafkiana singladura.
“Cuelgan camisetas.
……………………………
Con sus pegatinas.
……………………
Alpargatas.
……………………..
Un hombre aparece con un puro habano.”
Luego viene una descripción lúgubre de una escena tiránica, en la que los protagonistas son cuerpos, y el hombre del puro, le aplasta encendido sobre la punta del dedo de un cuerpo, como si le pusiese un sello en el mismo, mientras el resto de los cuerpos bailan y desentierran las maletas de la tierra. A continuación llueve tierra sobre los cuerpos, mientras siguen girando.
Voz del coro:
-Bienaventurada tierra, gira tierra, gira.
Voz eco:
-enterraos en la tierra de esta tierra y conoceréis la libertad.
Voz coro:
-Libertad, libertad, libertad.”
Impresionante, lástima no haber sabido sacar la profundidad de este pequeño ensayo teatral, porque no he podido entresacar todo el diálogo.
Te felicito, Briones. Un placer poder recoger en estas páginas parte de tu obra.
Y nada más, querida mía, desde estas páginas mis palabras elevan hasta ti los ecos de la Tierra, mientras mi canción se abre paso entre las olas, que emergen de tus alas.
