| El padre Fígaro |
Aquella tarde entré en mi confesionario imaginando que las parroquianas y parroquianos que se acercaran a la iglesia del padre Fígaro, que soy yo, a confesarse me contarían sus aburridos pecados cotidianos. Un par de padrenuestros y tres avemarías y listo. Nada más lejos.
No me ha vuelto a ocurrir más. No sé si se equivocaron de parroquia pero empezaron a pasar por delante de mí, gente que no conocía.
El primero, Carlos Ceballos, empezó a culparse de pecados extraños, que si era más noctámbulo que lluvia, más temprano que hogaza... Le despaché con que dijera un Yo, pecador y que encendiera dos lamparillas.
Javier se arrodilló y debía tener cargo de conciencia con el cuidado del planeta. Y hablaba de "Fundar", no sé muy bien si una orden eclesiástica o qué. Un "Cuatro esquinitas tiene mi cama" y le mandé a que le diera un poco el aire de la calle.
Rocío llegó compungida. La acusaban del pecado mortal de ser poeta. Y me decía que quería que le regalaran una isla. La cosa era fuerte. Lee a Dostoievski y no leas un verso más. Bastante penitencia tenía ya la pobre.
Tina, después de su "Ave María" y mi "Sin pecado concebida", me soltó que hay diferentes formas de amar. Y no sé qué de un banco. Ay, pecar contra el sexto es más grave. Diez lamparillas y dos vueltas al atrio de rodillas.
¿Dónde estaban mis feligreses?
Llega una tal Chelo que, sin mediar palabra, dice que lleva tiempo sin escribir y que se acusa de lo bueno de ser nadie. Y que puede hacer que griten las palabras de su pluma. La próxima misa, le digo, de penitencia en la primera fila frente al altar y en silencio. Se va ya calladita.
Amenazante se sitúa frente a mí y corre la cortina que me protega Juan B. Raña. Que si volverán las oscuras golondrinas el día 3 de junio y me dice que, muy serio, la muerte también tiene domingos. Me entra un poco de temblor, no espiritual, sino de la propia carne... ¿Me amenaza con matarme durante una misa de domingo? Veinte padrenuestros y que cante el "Alabaré, alabaré..."
Cierro la cortinilla para que no se me note la piel mudada y pálida.
Juan Calderón parece que quiere caerme bien porque me dice que estudió en un seminario. No le va a servir de excusa para que le imponga una buena penitencia si fuera menester. Me dice algo del llanto del cielo y que ha llegado la lluvia, aterida, de luto... Me toca el corazón y le doy 20 euros para que se tome un par de cervezas...
Anagonz pareciera, por lo que empieza a contarme, que peca contra el sexto, "prisa en la encimera", me cuenta. Yo soy cura pero también humano e intento apartar las imágenes que el maligno me lleva a la mente... Pero termina contándome cosas de gomas de borrar y playas sin nombre. Me está saliendo cara la tarde porque le doy otros veinte euros y la mando al bar donde está Calderón a que se pida también unas cañas.
Otros veinte euros le doy a José Antonio, ¿me estoy volviendo loco? Porque el pobre repite que unas veces, bueno y otras veces, bien... Y que viene de una Inspección de Hacienda. Uno en su larga carrera sacerdotal sabe cuándo se es víctima o verdugo. Y aquí no hay duda. Víctima, víctima.
Manuel se acerca muy lentamente y relata como en una salmodia, el drama de Aysha y su hijo en mitad del Mediterráneo. No me queda más dinero suelto pero creo en él y en su causa. Le doy la llave del cepillo para que coja lo que haya y se lo envíe a Aysha.
Está siendo la tarde entretenida y poco beneficiosa para mi salud económica...
Juan Manuel descorre la cortina, como hizo Raña y muy despacio me habla de un harapiento y de un esplendoroso anciano. Ya no sé poner penitencias como las que ponía al principio de la tarde. ¿Qué me está pasando? Le doy mi reloj de pulsera para que lo empeñe y reparta el dinero entre los menesterosos.
La última de la fila de confesión de hoy es Celia. Me pide que no confunda, que lo suyo no es pecado de pereza sino de falta de tiempo... Me repongo de mi debilidad con las penirencias y la mando a acompañar a Tina a que dé la segunda vuelta de rodillas al atrio con ella. Y según se aleja, le grito ¡y enciende treinta lamparillas!
Cierro el confesionario.
Perdóname, señor, del pecado de orgullo. Quiero que vuelvan mis parroquianos de siempre, que no me cuestan dinero.





